Nicolás Ortiz

El blog de Nicolás Ortiz

Inútiles para el mundo

Posted by Nicolás Ortiz On abril - 25 - 2011

La Rural del Prado. Una buena semana para que los montevideanos veamos el campo a la vuelta de la esquina. Un mundo de gente. Familias enteras mirando las domas y visitando stands. La clásica “Semana Criolla” pinta las sonrisas de siempre.

También se pueden ver otras cosas que empiezan a tener tinte de clásicos. Mientras hablaba con un par de gurises que vendían chocolates  “Nikolo” en la puerta de Lucas Obes, obreros del SUNCA gritaban “¡La unión hace la fuerza! ¡La eterna lucha patrón – obrero!”, mientras repartían volantes denunciando las desigualdades de siempre. Los vestigios de un mundo anacrónico versus la realidad de la ausencia de sueños.

“[…] Todo sucede como si redescubriéramos con angustia una realidad que, habituados al crecimiento económico, al empleo casi pleno, al progreso de la integración y a la generalización de las protecciones sociales, ya creíamos curada: una vez más, la existencia de ‘inútiles para el mundo’, sujetos y grupos que se han vuelto supernumerarios ante la actualización en curso de las competencias económicas y sociales.” (Castel, Robert, “Las metamorfosis de la cuestión social. Una crónica del salariado.”).

Fuerte, ¿no? Castel va aún más allá. La nueva problemática es que estas personas, supernumerarios, no representan como en otras épocas una fuerza de presión, ni un potencial de lucha. Simplemente no ocupan un lugar en la sociedad. La sociedad puede prescindir de ellos. Así de sencillo. No tienen un lugar en el mundo.

Una nueva manifestación de una vieja problematización. Un nuevo desafío que implica un Estado que pueda encontrar una solución. Al menos esto para los que aún creemos en el Estado como líder del progreso.

Y no se trata sólo de tener  trabajo, sino de qué tipo de trabajo. Porque la precariedad del empleo es a veces más importante que el empleo en sí mismo. Y todo se conjuga para dar como resultado la no utilidad social y el no reconocimiento público, y aún, un apartamiento a una condición también precaria de ciudadano. O sea “inútiles para el mundo”.

Basta que haya un solo uruguayo “inútil para el mundo” para que todos los uruguayos prestemos atención. Están por las calles pidiendo monedas, dentro de sus casas reciclando basura, en las esquinas limpiando vidrios, en la Rural del Prado vendiendo chocolates “Nikolo”.

Las políticas públicas no ayudan. La educación actual tampoco. Están lejos de crear lugares en el mundo para la gente. “Feudalización”, “favelización”, “lateros” y “punteros” ya son cosas de todos los días.

Y se trata entonces de qué modelos estamos edificando como sociedad. Y eso lo cimentan dos cosas: cada uno de nosotros y la política. Nosotros tenemos una culpa mayúscula porque inevitablemente, más o menos, tendemos a estigmatizar. Y la política faltó sin aviso.

Cuando la política falta un día y el otro también, se corre el riesgo de entrar en la desconfianza hacia la democracia. Y si todavía algunos (muchos) trivializan a las mayorías, la mesa está servida.

Después de todo esto voy a hacer un acto confesional: todavía creo en Uruguay. Claro que en uno muy diferente al que tenemos, el cual espero sea tan sólo sea una edición limitada que el futuro que será pasado se coma. Y si alguien se pregunta por qué, los dejo con Jorge Luis Borges: ¿Por qué tengo que creer que un subsecretario es más real que un sueño?

Sobre la política

Posted by Nicolás Ortiz On enero - 31 - 2011

Por estos días, preparando un examen, volví a reencontrarme con algunas ideas de Max Weber. Las mismas fueron expuestas en una conferencia pronunciada durante el invierno de 1919 y se enmarcan en lo que se dio en llamar “La política como vocación”. Transcribo aquí algunos extractos. Claro que más allá de los acuerdos o desacuerdos que tengamos con estas ideas, la intención es reflexionar sobre ellas, ya que innegablemente son asuntos permanentes y perennes en la política.

[…]

Puede decirse que son tres las cualidades decisivamente importantes para el político: pasión, sentido de la responsabilidad y mesura. Pasión en el sentido de “positividad”, de entrega apasionada a una “causa”, al dios o al demonio que la gobierna. No en el sentido de esa actitud interior que mi malogrado amigo Jorge Simmel solía llamar “excitación estéril”, propia de un determinado tipo de intelectuales, sobre todo rusos (no, por supuesto, de todos ellos) y que ahora juega también un gran papel entre nuestros intelectuales, en este carnaval al que se da, para embellecerlo, el orgulloso nombre de “revolución”. Es ése un “romanticismo de lo intelectualmente interesante” que gira en el vacío y está desprovisto de todo sentido de la responsabilidad objetiva. No todo queda arreglado, en efecto, con la pura pasión, por muy sinceramente que se la sienta. La pasión no convierte a un hombre en político si no está al servicio de una “causa” y no hace de la responsabilidad para con esa causa la estrella que oriente la acción. Para eso se necesita (y ésta es la cualidad psicológica decisiva para el político) mesura, capacidad para dejar que la realidad actúe sobre uno sin perder el recogimiento y la tranquilidad, es decir, para guardar la distancia con los hombres y las cosas. El “no saber guardar distancias” es uno de los pecados mortales de todo político y una de esas cualidades cuyo olvido condenará a la impotencia política a nuestra actual generación de intelectuales. El problema es, precisamente, el cómo puede conseguirse que vayan juntas en las mismas almas la pasión ardiente y la mesura frialdad. La política se hace con la cabeza y no con otras partes del cuerpo o del alma. Y, sin embargo, la entrega a una causa sólo puede nacer y alimentarse de la pasión, si ha de ser una actitud auténticamente humana y no un frívolo juego intelectual. Sólo el hábito de la distancia (en todos los sentidos de la palabra) hace posible la enérgica doma del alma que caracteriza al político apasionado y lo distingue del simple diletante político “estérilmente agitado”. La “fuerza” de una “personalidad” política reside, en primer lugar, en la posesión de estas cualidades.

Por esto el político tiene que vencer cada día y cada hora a un enemigo muy trivial y demasiado humano, la muy común vanidad, enemiga mortal de toda entrega a una causa y de toda mesura, en este caso de la mesura frente a sí mismo.

La vanidad es una cualidad muy extendida y tal vez nadie se vea libre de ella. En los círculos académicos y científicos es una especie de enfermedad profesional. Pero precisamente el hombre de ciencia, por antipática que sea su manifestación, la vanidad es relativamente inocua en el sentido de que, por lo general, no estorba al trabajo científico. Muy diferentes son sus resultados en el político, quien utiliza como instrumento el ansia de poder. El “instinto de poder”, como suele llamarse, está así, de hecho, entre sus cualidades normales. El pecado contra el Espíritu Santo de su profesión comienza en el momento en que esta ansia de poder deja de ser positiva, deja de estar exclusivamente al servicio de la “causa” para convertirse en una pura embriaguez personal. En último término, no hay más que dos pecados mortales en el terreno de la política: la ausencia de finalidades objetivas y la falta de responsabilidad, que frecuentemente, aunque no siempre, coincide con aquella. La vanidad, la necesidad de aparecer siempre que sea posible en primer plano, es lo que más lleva al político a cometer uno de estos pecados o los dos a la vez. Tanto más cuanto que el demagogo está obligado a tener en cuenta el “efecto”; por esto está siempre en peligro, tanto de convertirse en un comediante como de tomar a la ligera la responsabilidad que por las consecuencias de sus actos le incumbe y preocuparse sólo por la “impresión” que hace. Su ausencia de finalidad objetiva le hace proclive a buscar la apariencia brillante del poder en lugar del poder real; su falta de responsabilidad lo lleva a gozar del poder por el poder, sin tomar en cuenta su finalidad. Aunque el poder es el medio ineludible de la política o, más exactamente, precisamente porque lo es, y el ansia de poder es una de las fuerzas que lo impulsan, no hay deformación más perniciosa de la fuerza política que el baladronear de poder como un advenedizo o complacerse vanidosamente en el sentimiento de poder, es decir, en general, toda adoración del poder en cuanto tal. El simple “político de poder”, que está también entre nosotros es objeto de un fervoroso culto, puede quizás actuar enérgicamente, pero de hecho actúa en el vacío y sin sentido alguno. En esto los críticos de la “política de poder” tienen toda la razón. En el súbito derrumbamiento interno de algunos representantes típicos de esta actitud hemos podido comprobar cuánta debilidad interior y cuánta impotencia se esconde tras estos gestos, ostentosos pero totalmente vacíos. Dicha actitud es producto de una mezquina y superficial indiferencia frente al sentido de la acción humana, que no tiene ningún parentesco con la conciencia de la urdimbre trágica en que se asienta la trama de todo quehacer humano y especialmente del quehacer político.

Es una tremenda verdad y un hecho básico de la Historia (de cuya fundamentación no tenemos que ocuparnos en detalle aquí) el que frecuentemente o, mejor generalmente, el resultado final de la acción política guarda una relación absolutamente inadecuada, y frecuentemente incluso paradójica, con su sentido originario. Esto no permite, sin embargo, prescindir de ese sentido, del servicio a una “causa”, si se quiere que la acción tenga consistencia interna. Cuál haya de ser la causa para cuyo servicio busca y utiliza el político poder es ya cuestión de fe. Puede servir finalidades nacionales o humanitarias, sociales y éticas o culturales, seculares o religiosas; puede sentirse arrebatado por una firme fe en el “progreso” (en cualquier sentido que éste sea) o rechazar fríamente esa clase de fe; puede pretender encontrarse al servicio de una “idea” o rechazar por principio ese tipo de pretensiones y querer servir sólo fines materiales de la vida cotidiana. Lo que importa es que siempre ha de existir alguna fe. Cuando esta falta, incluso los éxitos políticos aparentemente más sólidos, y esto es perfectamente justo, llevan sobre sí la maldición de la inanidad.

Con lo que acabamos de decir nos encontramos ya ante el último de los problemas de que hemos de ocuparnos hoy, el del ethos de la política como “causa”. ¿Cuál es el papel que, independientemente de sus fines, ha de llenar la política en la economía ética de nuestra manera de vivir? ¿Cuál es, por así decir, el lugar ético que ella ocupa? En este punto chocan entre sí concepciones básicas del mundo entre las cuales, en último término, hay que escoger.

[…]

Con esto llegamos al punto decisivo. Tenemos que ver con claridad que toda acción éticamente orientada puede ajustarse a dos máximas fundamentalmente distintas entre sí e irremediablemente opuestas: puede orientarse mediante la “ética de la convicción” o conforme a la “ética de la responsabilidad”. No es que la ética de la convicción sea idéntica a la falta de responsabilidad, a la falta de convicción. No se trata en absoluto de esto. Pero hay una diferencia abismal entre obrar según la máxima de una ética de la convicción, tal como la que ordena (religiosamente hablando) “el cristiano obra bien y deja el resultado en manos de Dios”, o según una máxima de la ética de la responsabilidad, como la que ordena tener en cuenta las consecuencias previsibles de la propia acción. Ustedes pueden explicar elocuentemente a un sindicalista que las consecuencias de sus acciones serán las de aumentar las posibilidades de la reacción, incrementar la opresión de su clase y dificultar su ascenso; si ese sindicalista está firme en su ética de la convicción, ustedes no lograrán hacer mella. Cuando las consecuencias de una acción realizada conforme a una ética de la convicción son malas, quien la ejecutó no se siente responsable de ellas, sino que responsabiliza al mundo, a la estupidez de los hombres o a la voluntad de Dios que los hizo así. Quien actúa conforme a una ética de la responsabilidad, por el contrario, toma en cuenta todos los defectos del hombre medio. Como dice Fichte, no tiene ningún derecho a suponer que el hombre es bueno y perfecto y no se siente en situación de poder descargar sobre otros aquellas consecuencias de su acción que él pudo prever. Se dirá siempre que esas consecuencias son imputables a su acción. Quien actúa según la ética de la convicción, por el contrario, sólo se siente responsable de que no flamee la llama de la pura convicción, la llama, por ejemplo, de la protesta contra las injusticias del orden social. Prenderla una y otra vez es la finalidad de sus acciones que, desde el punto de vista del posible éxito, son plenamente irracionales y sólo pueden y deben tener un valor ejemplar.

Pero tampoco con esto llegamos al término del problema. Ninguna ética del mundo puede eludir el hecho de que para conseguir fines “buenos” hay que contar en muchos casos con medios moralmente dudosos, o al menos peligrosos, y con la posibilidad e incluso la probabilidad de consecuencias laterales moralmente malas. Ninguna ética del mundo puede resolver tampoco cuándo y en qué medida quedan “santificados” por el fin moralmente bueno los medios y las consecuencias laterales moralmente peligrosos.

El medio decisivo de la política es la violencia, y pueden ustedes medir la intensidad de la tensión que desde el punto de vista ético existe entre medios y fines recordando, por ejemplo, el caso de los socialistas revolucionarios (tendencias Zimmerwald), los cuales durante la guerra se gobernaban de acuerdo con un principio que podríamos formular descarnadamente en los siguientes términos: “Si tenemos que elegir entre algunos años más de guerra que traigan entonces la revolución o una paz inmediata que la impida, preferimos esos años más de guerra”. A la pregunta de qué es lo que podía traer consigo esa revolución, todo socialista científicamente educado habría contestado que no cabía pensar en modo alguno en el paso a una economía socialista, en el sentido que él da a la palabra, sino en la reconstitución de una economía burguesa que habría eliminado únicamente los elementos feudales y los restos dinásticos. Y para conseguir este modesto resultado se prefieren “unos años más de guerra”. Podría muy bien decirse que, incluso teniendo convicciones socialistas muy firmes, se puede rechazar un fin que exige tales medios. Ésta es, sin embargo, la situación del bolchevismo, del espartaquismo y, en general, de todo socialismo revolucionario, y resulta en consecuencia sumamente ridículo que estos sectores condenen moralmente a los “políticos de poder” del antiguo régimen por emplear esos mismos medios, aunque esté plenamente justificada la condena de sus fines.

[…]

La singularidad de todos los problemas éticos de la política está determinada sola y exclusivamente por su medio específico, la violencia legítima en manos de asociaciones humanas.

Quien de cualquier modo pacte con este medio y para cualquier fin que lo haga, y esto es lo que todo político hace, está condenado a sufrir sus consecuencias específicas. Esta condena recae muy especialmente sobre quien lucha por su fe, sea ésta religiosa o revolucionaria. […]

Quien quiera en general hacer política y, sobre todo, quien quiera hacer política como profesión ha de tener conciencia de estas paradojas éticas y de su responsabilidad por lo que él mismo, bajo su presión, puede llegar a ser. Repito que quien hace política pacta con los poderes diabólicos que acechan en torno de todo poder. […]

[…]

Es cierto que la política se hace con la cabeza, pero en modo alguno solamente con la cabeza. En esto tienen toda la razón quienes defienden la ética de la convicción. Nadie puede, sin embargo, prescribir si hay que obrar conforme a la ética de la responsabilidad o conforme a la ética de la convicción, o cuándo conforme a una y cuándo conforme a otra. Lo único que puedo decirles es que cuando en estos tiempos de excitación que ustedes no creen “estéril” (la excitación no es ni esencialmente ni siempre una pasión auténtica) veo aparecer súbitamente a los políticos de convicción en medio del desorden gritando: “El mundo es estúpido y abyecto, pero yo no; la responsabilidad por las consecuencias no me corresponden a mí, sino a los otros para quienes yo trabajo y cuya estupidez o cuya abyección yo extirparé”, lo primero que hago es cuestionar la solidez interior que existe tras esta ética de la convicción. Tengo la impresión de que en nueve casos de cada diez me enfrento con odres llenos de viento que no sienten realmente lo que están haciendo, sino que se inflaman con sensaciones románticas. Esto no me interesa mucho humanamente y no me conmueve en absoluto. Es, por el contrario, infinitamente conmovedora la actitud de un hombre maduro (de pocos o muchos años, que eso no es importante), que siente realmente y con toda su alma esta responsabilidad por las consecuencias y actúa conforme a una ética de responsabilidad, y que al llegar a cierto momento dice: “No puedo hacer otra cosa, aquí me detengo”. Esto sí es algo auténticamente humano y esto sí cala hondo. Esta situación puede, en efecto, presentársenos en cualquier momento a cualquiera de nosotros que no esté muerto interiormente. Desde este punto de vista la ética de la responsabilidad y la ética de la convicción no son términos absolutamente opuestos, sino elementos complementarios que han de concurrir para formar al hombre auténtico, al hombre que puede tener “vocación política”.

[…]

La política consiste en una dura y prolongada penetración a través de tenaces resistencias, para la que se requiere, al mismo tiempo, pasión y mesura. Es completamente cierto, y así lo prueba la Historia, que en este mundo no se consigue nunca lo posible si no se intenta lo imposible una y otra vez. Pero para ser capaz de hacer esto no sólo hay que se un caudillo, sino también un héroe en el sentido más sencillo de la palabra. Incluso aquellos que no son ni lo uno ni lo otro han de armarse desde ahora de esa fortaleza de ánimo que permite soportar la destrucción de todas las esperanzas, si no quieren resultar incapaces de realizar incluso lo que hoy es posible. Sólo quien está seguro de no quebrarse cuando, desde su punto de vista, el mundo se muestra demasiado estúpido o demasiado abyecto para lo que él le ofrece; sólo quien frente a todo esto es capaz de responder con un “sin embargo”; sólo un hombre de esta forma construido tiene “vocación” para la política.

—¿Qué significa ser de izquierda hoy? ¿Sigue siendo válido el antagonismo derecha e izquierda para registrar las señas del conflicto político en nuestras sociedades del siglo XXI?

—Como investigador de estos temas creo que este antagonismo binario sigue teniendo sentido, siempre y cuando lo abordemos de manera crítica e interpongamos filtros conceptuales rigurosos.

Tomemos algunos núcleos centrales de la argumentación de un clásico como Norberto Bobbio en su famoso libro Derecha e izquierda. Lo primero que destaca Bobbio es que no son “conceptos ontológicos”, invariantes, sino que ante todo deben asumirse las implicaciones de su condición como “dos conceptos espaciales”. ¿Qué significa esto? En primer lugar, que se construyeron de manera histórica y especular. Todos recordamos que en términos políticos el concepto “izquierda” tuvo su origen en el lugar en que se sentaban en la Asamblea Nacional los representantes “jacobinos” en ocasión de la revolución francesa, quienes también se identificaban por sus reivindicaciones favorables a las clases más pobres. Si este es el origen histórico, hay que inferir de inmediato que derecha e izquierda varían sus contenidos con el tiempo.

De todos modos, aun en el cambio hay principios inspiradores que permanecen. Bobbio destacó el principio ordenador de la diada conservación-emancipación, pero sobre todo enfatizó que el criterio más usual para discernir las aguas era la actitud que asumían los individuos frente al “ideal de la igualdad”. Pero de inmediato aclara que el concepto de igualdad es relativo, previene sobre la amenaza de un igualitarismo homogeneizador y problematiza el tema. Establece con buen criterio que adherir a un ideal de igualdad supone defender la utopía de promover todas aquellas iniciativas y políticas que “tiendan a convertir más iguales a los desiguales”. Y advierte además sobre la necesidad de considerar la diada “libertad-autoritarismo” a los efectos de complementar la pauta de diferenciación. Sin embargo, subraya que la clave de distinción radica prioritariamente en el criterio de igualdad y que la actitud ante la libertad sirve sobre todo para discernir rasgos dentro de ambos espacios.

—¿Y esos criterios siguen vigentes?

—Aun tomando como buena la herencia clásica de autores como Bobbio o Agnés Heller, entre tantos otros, hoy se tiende a converger en una reapropiación crítica de estas ideas y a coincidir en la idea-fuerza de que si la diada derecha-izquierda quiere sobrevivir al giro de época que nos toca vivir debe incorporar otros factores de identificación y resignificarse en su configuración. Desde una perspectiva claramente europea, y hasta eurocéntrica, un autor como el alemán Ulrich Beck refiere a tres tópicos para separar derechas e izquierdas: la actitud ante el diferente, ante la incertidumbre y ante la política. Desde otras perspectivas más receptivas para sociedades como las latinoamericanas, se habla también de muchos otros temas. Algunos de esos temas: una radicalización de las formas democráticas que afirme las claves de representación y desde ellas (no contra ellas) trascienda hacia claves más participativas, en términos republicanos si se quiere; la defensa de una “cultura de los derechos”, que se afirme en la noción de derechos humanos pero que en más de un sentido la trascienda, en la dirección del concepto más amplio y radical de “derechos fundamentales”; la incorporación plena de nuevas agendas (género, sustentabilidad ambiental, derechos y libertades culturales, nuevos modelos de laicidad y diversidad, una sexualidad más libre, nuevos arreglos familiares, derechos de los jóvenes, campos efectivos para la afirmación de la autorrealización personal en clave solidaria y no individualista); repensar las implicaciones de la globalización de acuerdo a alternativas más solidarias; la defensa y promoción de un nuevo enfoque más integral de las libertades individuales, con un encare -por ejemplo- que no se saltee los retos más significativos del cambio tecnológico y de su proyección en la tecnosociabilidad de los más jóvenes; nuevos pactos fiscales entre el ciudadano y el Estado; el establecimiento de alternativas efectivamente poscapitalistas en el sentido de nuevos proyectos económicos y sociales que se hagan cargo de los cambios radicales en los paradigmas tecnoeconómicos; nuevos enfoques de política exterior para afirmar horizontes integradores e internacionalistas, con propuestas que defiendan las instituciones multilaterales y la aplicación sustantiva del derecho internacional; la asunción plena de planteos de no violencia…

—¿La magnitud de estos retos no hace que sea casi inalcanzable la satisfacción de una verdadera identidad de izquierda?

—Bueno, allí debe estar un centro de análisis. Y aquí quiero hablar desde la perspectiva de un ciudadano que se define de izquierdas, en plural. La preocupación por este tema de las derechas y de las izquierdas siempre ha sido un tema de las izquierdas. Recuerdo la frase que frecuentemente citaba Carlos Quijano: “el que niega que haya derecha e izquierda, más bien es de derecha”. Tiendo a coincidir. Desde su “antropología optimista”, que en términos de identidad no puede abdicar de la utopía de una sociedad y de una ciudadanía mejores, es la izquierda la que siempre debe estar reflexionando y discutiendo sobre su condición. La derecha tiende a ver ese ejercicio como inútil. La idea del pensamiento único, los relatos del “fin de las ideologías”, las visiones escépticas -supuestamente “realistas”- del estilo “son todos iguales” o el “mundo es como es y no hay cómo cambiarlo”, hacen pensar en una política sin antagonismos decisivos, casi una “no política” de la mera gestión, en la que sólo hay que administrar una realidad incambiable.

La identidad de la izquierda es una identidad “utópica”, en el mejor sentido: plantea ideas límite y horizontes de emancipación que tienden a que las sociedades y las personas puedan mejorar y avanzar por más igualdad y más libertades.

Por cierto que la caja de las “izquierdas” no puede ser una “caja vacía” en la que entre todo tras la invocación del deseo de igualdad. Hoy hay más exigencias. Es necesario preguntarse qué significa ser de izquierdas más de 20 años después de la caída del muro de Berlín y de todo lo que ha ocurrido en estos últimos años de cambio vertiginoso. Creo que ya no basta sólo la adhesión a criterios de igualdad genéricos sino que se impone una actitud muy proactiva con relación a las libertades, las de “los antiguos” y también las nuevas del sujeto contemporáneo.

—¿Y todo esto cómo se traduce en el caso concreto de América Latina? Hace unos días dijiste en un seminario que a tu criterio el régimen de Chávez no debería ser considerado de izquierda.

—Así es. Y me causa cierto asombro que una frase aislada de una exposición haya causado cierta perplejidad al ser recogida en forma parcial por la prensa. Me sorprende que esa opinión genere perplejidad. Lo tomo como una señal más de la ausencia de debate ideológico en la izquierda uruguaya. La frase provenía de una ponencia que presenté en el Congreso de Ciencia Política sobre el tema “Convergencias y divergencias de las políticas exteriores en América del Sur”. Allí enfatizaba en que los giros de los procesos de integración, actualmente en curso de implementación en América del Sur, no podían descontextualizarse de los cambios políticos ocurridos a nivel nacional. Advertía también sobre lo infértil -a mi juicio- de aferrarse a la invocación de la “afinidad ideológica” de los gobiernos de los estados parte de un bloque como motor principal de una transformación positiva de los procesos de integración, con el caso reciente del MERCOSUR como un ejemplo paradigmático. Pero además problematizaba la idea frecuente del llamado “giro a la izquierda” en los gobiernos de la región, pues, en el caso de aceptar esa idea como hipótesis, habría que analizar con mucho más rigor cuáles son los límites y alcances del contenido convergente de ese “giro” en materia de políticas específicas. Resulta necesario indagar, por ejemplo, en los discernimientos necesarios entre izquierdas clásicas, “progresismos” y movimientos nacional populares. En ese sentido, afirmé que había muchas razones para dudar sobre la condición de izquierda asignada usualmente a Chávez y su régimen.

—¿En qué te basas para esa afirmación?

—Chávez y su régimen no puntúan bien en casi ninguno de los requerimientos señalados anteriormente para una izquierda moderna y democrática. No hay que demonizar a Chávez, hay que evitar el aislamiento de Venezuela en esta hora difícil de su historia. Yo apoyo la incorporación de Venezuela (que es más que el régimen chavista) al Mercosür. Más allá de muchas inconsistencias, el proyecto del Alba contiene valores positivos de cooperación internacional, aun cuando todo depende del petróleo venezolano. Tampoco hay que ignorar la historia de corrupción y el agotamiento del sistema partidario tradicional que promovió más que nada el ascenso de Chávez al poder hace más de una década. Ni opacar ciertos avances sociales obtenidos durante estos últimos años. Sin embargo, hay realidades que resultan inocultables y frente a las que no se puede mirar para el costado. Los insólitos niveles de culto a la personalidad, la reelección indefinida, los perfiles autoritarios del régimen, su apoyo creciente en el ejército, las persecuciones a disidentes, la manipulación estatal de organizaciones sociales oficialistas, las fuertes restricciones a las libertades civiles, el acoso genérico a los medios de comunicación no oficialistas, la llamada “guerrilla mediática”, la movilización intimidante de los “círculos bolivarianos”, su lenguaje guerrerista (sustentado en una militarización indesmentible), sus vínculos con regímenes como los de Irán, Corea del Norte, Bielorrusia o con movimientos como Hizbolá, ¿qué tienen que ver con la tradición de las izquierdas? ¿Qué hay de poscapitalista en la Venezuela de hoy? ¿Qué hay de efectivamente alternativo en su dependencia fortísima de las oscilaciones de la renta petrolera y en sus perfiles de paupérrima productividad en otras áreas? No ha habido verdadera transformación en este punto capital: la Venezuela de hoy, como la de ayer, sigue siendo absolutamente dependiente de la distribución de la renta petrolera. La actual recesión, su altísima inflación, el ajuste ortodoxo de 2009, todo lo cual denota fragilidades estructurales que no tienen la mayoría de los países sudamericanos, muy poco tienen que ver con un horizonte efectivo de izquierdas, incluso y tal vez en especial en América Latina.

—¿ Qué hay de poscapitalista en experiencias de gobierno como la uruguaya, la chilena, la brasileña?

—Bueno, a eso iba. Por supuesto que muy poco o casi nada. Ese es un gran déficit de las izquierdas a nivel mundial. Resulta en verdad patético ver a las izquierdas europeas sin una idea frente a una crisis estructural del capitalismo como hacía décadas no se producía. Y algo parecido -aunque menos ostensible-vemos en una América Latina que enfrenta a la crisis con más fortalezas, debidas entre otras cosas a aprendizajes relevantes. La defensa de un horizonte poscapitalista es una exigencia para pensar en ideas nuevas, configuraciones efectivamente alternativas en términos de modelo económico y de desarrollo. Renunciar a esa exigencia ideológica, en un mundo como el de hoy y en una perspectiva histórica, no sólo no es de izquierda sino también poco razonable.

No se trata de proponer la aplicación de un recetario, pues ya quedó demostrado que por ahora éste no existe. Con mucho pragmatismo y realismo, se trata de no renunciar a la exigencia intelectual e ideológica de pensar rumbos nuevos para imaginar otra relación de los hombres y de las sociedades con la economía global de nuestro tiempo, con la producción, con el trabajo, con los recursos naturales, con la organización de la sociedad sobre bases de más igualdad y más libertad. Hay que repensar y debatir con verdad y radicalidad los términos de eso que llamamos “alternativo”. Y entonces me podes preguntar por qué esta exigencia tan fuerte sobre la Venezuela de Chávez, cuando en las experiencias de izquierda en el mundo y en el continente casi no hay nada de poscapitalista. Y te diría que la diferencia entre los dichos y los hechos se ha tornado demasiado grotesca con Chávez. Labanalización del concepto del “socialismo del siglo XXI” en relación con lo que vemos en la Venezuela de hoy no resulta aceptable. Nunca más debería confundirse “socialismo” con “sociolismo”, hay que calificar las palabras y los conceptos, hacerse cargo de su dignidad y de su historia. Ya no hay espacio para ciertas retóricas. Pero, por cierto, la ausencia de debate ideológico sobre qué significa hoy un horizonte poscapitalista también es una deuda muy fuerte en el seno de las izquierdas.

[…]

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