Nicolás Ortiz

El blog de Nicolás Ortiz

—¿Qué significa ser de izquierda hoy? ¿Sigue siendo válido el antagonismo derecha e izquierda para registrar las señas del conflicto político en nuestras sociedades del siglo XXI?

—Como investigador de estos temas creo que este antagonismo binario sigue teniendo sentido, siempre y cuando lo abordemos de manera crítica e interpongamos filtros conceptuales rigurosos.

Tomemos algunos núcleos centrales de la argumentación de un clásico como Norberto Bobbio en su famoso libro Derecha e izquierda. Lo primero que destaca Bobbio es que no son “conceptos ontológicos”, invariantes, sino que ante todo deben asumirse las implicaciones de su condición como “dos conceptos espaciales”. ¿Qué significa esto? En primer lugar, que se construyeron de manera histórica y especular. Todos recordamos que en términos políticos el concepto “izquierda” tuvo su origen en el lugar en que se sentaban en la Asamblea Nacional los representantes “jacobinos” en ocasión de la revolución francesa, quienes también se identificaban por sus reivindicaciones favorables a las clases más pobres. Si este es el origen histórico, hay que inferir de inmediato que derecha e izquierda varían sus contenidos con el tiempo.

De todos modos, aun en el cambio hay principios inspiradores que permanecen. Bobbio destacó el principio ordenador de la diada conservación-emancipación, pero sobre todo enfatizó que el criterio más usual para discernir las aguas era la actitud que asumían los individuos frente al “ideal de la igualdad”. Pero de inmediato aclara que el concepto de igualdad es relativo, previene sobre la amenaza de un igualitarismo homogeneizador y problematiza el tema. Establece con buen criterio que adherir a un ideal de igualdad supone defender la utopía de promover todas aquellas iniciativas y políticas que “tiendan a convertir más iguales a los desiguales”. Y advierte además sobre la necesidad de considerar la diada “libertad-autoritarismo” a los efectos de complementar la pauta de diferenciación. Sin embargo, subraya que la clave de distinción radica prioritariamente en el criterio de igualdad y que la actitud ante la libertad sirve sobre todo para discernir rasgos dentro de ambos espacios.

—¿Y esos criterios siguen vigentes?

—Aun tomando como buena la herencia clásica de autores como Bobbio o Agnés Heller, entre tantos otros, hoy se tiende a converger en una reapropiación crítica de estas ideas y a coincidir en la idea-fuerza de que si la diada derecha-izquierda quiere sobrevivir al giro de época que nos toca vivir debe incorporar otros factores de identificación y resignificarse en su configuración. Desde una perspectiva claramente europea, y hasta eurocéntrica, un autor como el alemán Ulrich Beck refiere a tres tópicos para separar derechas e izquierdas: la actitud ante el diferente, ante la incertidumbre y ante la política. Desde otras perspectivas más receptivas para sociedades como las latinoamericanas, se habla también de muchos otros temas. Algunos de esos temas: una radicalización de las formas democráticas que afirme las claves de representación y desde ellas (no contra ellas) trascienda hacia claves más participativas, en términos republicanos si se quiere; la defensa de una “cultura de los derechos”, que se afirme en la noción de derechos humanos pero que en más de un sentido la trascienda, en la dirección del concepto más amplio y radical de “derechos fundamentales”; la incorporación plena de nuevas agendas (género, sustentabilidad ambiental, derechos y libertades culturales, nuevos modelos de laicidad y diversidad, una sexualidad más libre, nuevos arreglos familiares, derechos de los jóvenes, campos efectivos para la afirmación de la autorrealización personal en clave solidaria y no individualista); repensar las implicaciones de la globalización de acuerdo a alternativas más solidarias; la defensa y promoción de un nuevo enfoque más integral de las libertades individuales, con un encare -por ejemplo- que no se saltee los retos más significativos del cambio tecnológico y de su proyección en la tecnosociabilidad de los más jóvenes; nuevos pactos fiscales entre el ciudadano y el Estado; el establecimiento de alternativas efectivamente poscapitalistas en el sentido de nuevos proyectos económicos y sociales que se hagan cargo de los cambios radicales en los paradigmas tecnoeconómicos; nuevos enfoques de política exterior para afirmar horizontes integradores e internacionalistas, con propuestas que defiendan las instituciones multilaterales y la aplicación sustantiva del derecho internacional; la asunción plena de planteos de no violencia…

—¿La magnitud de estos retos no hace que sea casi inalcanzable la satisfacción de una verdadera identidad de izquierda?

—Bueno, allí debe estar un centro de análisis. Y aquí quiero hablar desde la perspectiva de un ciudadano que se define de izquierdas, en plural. La preocupación por este tema de las derechas y de las izquierdas siempre ha sido un tema de las izquierdas. Recuerdo la frase que frecuentemente citaba Carlos Quijano: “el que niega que haya derecha e izquierda, más bien es de derecha”. Tiendo a coincidir. Desde su “antropología optimista”, que en términos de identidad no puede abdicar de la utopía de una sociedad y de una ciudadanía mejores, es la izquierda la que siempre debe estar reflexionando y discutiendo sobre su condición. La derecha tiende a ver ese ejercicio como inútil. La idea del pensamiento único, los relatos del “fin de las ideologías”, las visiones escépticas -supuestamente “realistas”- del estilo “son todos iguales” o el “mundo es como es y no hay cómo cambiarlo”, hacen pensar en una política sin antagonismos decisivos, casi una “no política” de la mera gestión, en la que sólo hay que administrar una realidad incambiable.

La identidad de la izquierda es una identidad “utópica”, en el mejor sentido: plantea ideas límite y horizontes de emancipación que tienden a que las sociedades y las personas puedan mejorar y avanzar por más igualdad y más libertades.

Por cierto que la caja de las “izquierdas” no puede ser una “caja vacía” en la que entre todo tras la invocación del deseo de igualdad. Hoy hay más exigencias. Es necesario preguntarse qué significa ser de izquierdas más de 20 años después de la caída del muro de Berlín y de todo lo que ha ocurrido en estos últimos años de cambio vertiginoso. Creo que ya no basta sólo la adhesión a criterios de igualdad genéricos sino que se impone una actitud muy proactiva con relación a las libertades, las de “los antiguos” y también las nuevas del sujeto contemporáneo.

—¿Y todo esto cómo se traduce en el caso concreto de América Latina? Hace unos días dijiste en un seminario que a tu criterio el régimen de Chávez no debería ser considerado de izquierda.

—Así es. Y me causa cierto asombro que una frase aislada de una exposición haya causado cierta perplejidad al ser recogida en forma parcial por la prensa. Me sorprende que esa opinión genere perplejidad. Lo tomo como una señal más de la ausencia de debate ideológico en la izquierda uruguaya. La frase provenía de una ponencia que presenté en el Congreso de Ciencia Política sobre el tema “Convergencias y divergencias de las políticas exteriores en América del Sur”. Allí enfatizaba en que los giros de los procesos de integración, actualmente en curso de implementación en América del Sur, no podían descontextualizarse de los cambios políticos ocurridos a nivel nacional. Advertía también sobre lo infértil -a mi juicio- de aferrarse a la invocación de la “afinidad ideológica” de los gobiernos de los estados parte de un bloque como motor principal de una transformación positiva de los procesos de integración, con el caso reciente del MERCOSUR como un ejemplo paradigmático. Pero además problematizaba la idea frecuente del llamado “giro a la izquierda” en los gobiernos de la región, pues, en el caso de aceptar esa idea como hipótesis, habría que analizar con mucho más rigor cuáles son los límites y alcances del contenido convergente de ese “giro” en materia de políticas específicas. Resulta necesario indagar, por ejemplo, en los discernimientos necesarios entre izquierdas clásicas, “progresismos” y movimientos nacional populares. En ese sentido, afirmé que había muchas razones para dudar sobre la condición de izquierda asignada usualmente a Chávez y su régimen.

—¿En qué te basas para esa afirmación?

—Chávez y su régimen no puntúan bien en casi ninguno de los requerimientos señalados anteriormente para una izquierda moderna y democrática. No hay que demonizar a Chávez, hay que evitar el aislamiento de Venezuela en esta hora difícil de su historia. Yo apoyo la incorporación de Venezuela (que es más que el régimen chavista) al Mercosür. Más allá de muchas inconsistencias, el proyecto del Alba contiene valores positivos de cooperación internacional, aun cuando todo depende del petróleo venezolano. Tampoco hay que ignorar la historia de corrupción y el agotamiento del sistema partidario tradicional que promovió más que nada el ascenso de Chávez al poder hace más de una década. Ni opacar ciertos avances sociales obtenidos durante estos últimos años. Sin embargo, hay realidades que resultan inocultables y frente a las que no se puede mirar para el costado. Los insólitos niveles de culto a la personalidad, la reelección indefinida, los perfiles autoritarios del régimen, su apoyo creciente en el ejército, las persecuciones a disidentes, la manipulación estatal de organizaciones sociales oficialistas, las fuertes restricciones a las libertades civiles, el acoso genérico a los medios de comunicación no oficialistas, la llamada “guerrilla mediática”, la movilización intimidante de los “círculos bolivarianos”, su lenguaje guerrerista (sustentado en una militarización indesmentible), sus vínculos con regímenes como los de Irán, Corea del Norte, Bielorrusia o con movimientos como Hizbolá, ¿qué tienen que ver con la tradición de las izquierdas? ¿Qué hay de poscapitalista en la Venezuela de hoy? ¿Qué hay de efectivamente alternativo en su dependencia fortísima de las oscilaciones de la renta petrolera y en sus perfiles de paupérrima productividad en otras áreas? No ha habido verdadera transformación en este punto capital: la Venezuela de hoy, como la de ayer, sigue siendo absolutamente dependiente de la distribución de la renta petrolera. La actual recesión, su altísima inflación, el ajuste ortodoxo de 2009, todo lo cual denota fragilidades estructurales que no tienen la mayoría de los países sudamericanos, muy poco tienen que ver con un horizonte efectivo de izquierdas, incluso y tal vez en especial en América Latina.

—¿ Qué hay de poscapitalista en experiencias de gobierno como la uruguaya, la chilena, la brasileña?

—Bueno, a eso iba. Por supuesto que muy poco o casi nada. Ese es un gran déficit de las izquierdas a nivel mundial. Resulta en verdad patético ver a las izquierdas europeas sin una idea frente a una crisis estructural del capitalismo como hacía décadas no se producía. Y algo parecido -aunque menos ostensible-vemos en una América Latina que enfrenta a la crisis con más fortalezas, debidas entre otras cosas a aprendizajes relevantes. La defensa de un horizonte poscapitalista es una exigencia para pensar en ideas nuevas, configuraciones efectivamente alternativas en términos de modelo económico y de desarrollo. Renunciar a esa exigencia ideológica, en un mundo como el de hoy y en una perspectiva histórica, no sólo no es de izquierda sino también poco razonable.

No se trata de proponer la aplicación de un recetario, pues ya quedó demostrado que por ahora éste no existe. Con mucho pragmatismo y realismo, se trata de no renunciar a la exigencia intelectual e ideológica de pensar rumbos nuevos para imaginar otra relación de los hombres y de las sociedades con la economía global de nuestro tiempo, con la producción, con el trabajo, con los recursos naturales, con la organización de la sociedad sobre bases de más igualdad y más libertad. Hay que repensar y debatir con verdad y radicalidad los términos de eso que llamamos “alternativo”. Y entonces me podes preguntar por qué esta exigencia tan fuerte sobre la Venezuela de Chávez, cuando en las experiencias de izquierda en el mundo y en el continente casi no hay nada de poscapitalista. Y te diría que la diferencia entre los dichos y los hechos se ha tornado demasiado grotesca con Chávez. Labanalización del concepto del “socialismo del siglo XXI” en relación con lo que vemos en la Venezuela de hoy no resulta aceptable. Nunca más debería confundirse “socialismo” con “sociolismo”, hay que calificar las palabras y los conceptos, hacerse cargo de su dignidad y de su historia. Ya no hay espacio para ciertas retóricas. Pero, por cierto, la ausencia de debate ideológico sobre qué significa hoy un horizonte poscapitalista también es una deuda muy fuerte en el seno de las izquierdas.

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