Nicolás Ortiz

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De los jóvenes, la marihuana y otros demonios

Posted by Nicolás Ortiz On junio - 2 - 2011ADD COMMENTS

Fernando Salas, magister en Sociología, Ciencias Políticas y Sociedad de la Información y docente de la Universidad de Montevideo,  fue convocado en el mes de mayo ante la Comisión Especial sobre Adicciones de la Cámara de Diputados. Presentó allí las conclusiones de una investigación realizada en la zona oeste de Montevideo a fines de 2010 sobre el consumo de drogas entre los adolescentes. El estudio concluyó que el consumo está vinculado al fracaso educativo.

Se les preguntó a los jóvenes qué importancia le asignaban a ser exitosos en su trabajo cuando fueran adultos. Entre los que le dieron mucha o bastante importancia, el 74% corresponde a no consumidores, frente a un 56% que sí consume en forma habitual. El estudio abordó también el estado de ánimo de estos adolescentes. El 75% aseguró ser “muy feliz” o “bastante feliz” entre los no consumidores, frente a un 50% de los que sí son consumidores.

Hay algunos elementos de este estudio que me llaman la atención. ¿Por qué sólo se realizó en estudiantes de la zona oeste, que pertenecen a un contexto diferente a los de la zona este, en el cual ya sabemos que existe deserción y fracaso por otras razones diferentes al consumo de marihuana?

¿Qué pasaría si se hiciera un estudio de la influencia del alcohol en el fracaso educativo en los estudiantes de la zona este? Me permito un renglón de sociología espontánea para decir que quizás el estudio pueda concluir que el consumo de alcohol entre los jóvenes está directamente relacionado con el éxito académico.

No tengo que explicar lo parcial que me resulta conocer lo muy o bastante felices que son el 75% de los adolescentes de la zona oeste no consumidores de marihuana.

Dicho todo esto, y mientras cada uno saca sus propias conclusiones, voy a detenerme en el tema de la felicidad.

Y ya que estamos para los estudios, quiero recordar aquél que reveló una falta de sintonía entre lo que ofrece la educación y los intereses de los adolescentes; lo que es una de las razones fundamentales por las cuales ellos desertan (de un trabajo elaborado para UNICEF por Gustavo De Armas y Alejandro Retamoso, en base a datos de la Encuesta Nacional de Adolescencia y Juventud, presentada en 2010).

El estudio arrojó las principales razones por las que dejaron de asistir a clase: no tenían interés (23,4%), les interesaba aprender otras cosas (11,3%), era demasiado difícil (6,8%), no le entendían a los profesores (5,4%), son muchos años para lo que se logra después (2,6%), lo que enseñaban no les parecía útil (2,4%). El 17,8% de los encuestados respondió que dejó el liceo porque comenzó a trabajar; el 7,7% lo hizo por “embarazo propio o de su pareja”, y el 5,7% sostuvo que “le resultaba demasiado costoso y no tenía dinero”.

No es nuevo además que los índices de felicidad pronto se incorporarán a los índices “popes” como el IDH. La felicidad es importante, por eso el ser humano se está preocupando de medirla. Y si queremos hacer de ella una política de Estado, los del párrafo anterior son buenos primeros números para mirar.

Estamos en el medio de un cambio en el mundo, y por eso se hace difícil buscar y entender por dónde pasa la felicidad. Se requieren mentes muy amplias que comprendan que el actual paradigma del sistema educativo está caduco y que si no ponemos las cabezas a pensar en qué cambios tenemos que imprimirle para que la felicidad de los más jóvenes se vea canalizada, entonces todo sigue como está. Escandalizados con la marihuana, pero en silencio sobre la felicidad.

Por otro lado, el gobierno resolvió que las empresas tengan un nuevo marco legal para ofrecer pasantías de formación y que el sistema educativo se oriente más hacia las necesidades del mercado. En el primer trimestre de 2011, 47% de los desempleados eran menores de 25 años (según cálculos de El Observador en base a datos del Instituto Nacional de Estadística). En el marco del Diálogo Nacional por el Empleo, más de 40 organizaciones avanzaron en mecanismos para los jóvenes como incluir en el sistema de enseñanza talleres sobre orientación educativa y laboral que muestren por dónde pasa hoy la demanda de trabajo y ofrecer un abanico completo de opciones.

Todos los esfuerzos por vincular la educación con el trabajo son positivos. Pero cuidado con las tensiones entre los sueños personales y el mercado. Creo que es prioritario atender lo primero, sin dejar de tener en cuenta claro por dónde pasa la demanda de trabajo.

Siempre es más importante apoyar los sueños y emprendimientos personales. Pero hay poco marco para eso. Cuando dejemos las falsas oposiciones de lado quizás avancemos.

Un inmortal evocando a otro

Posted by Nicolás Ortiz On mayo - 22 - 2011ADD COMMENTS

De Batlle y Ordóñez está todo dicho. Por eso tan sólo los dejo con las palabras de Maneco, quién lo recordaba el 21 de mayo de 1978 en “El Día”, en un artículo titulado “Batlle cumple hoy un año menos”.

“Si la vigencia de un ser humano dura tanto como la de su espíritu, es decir, si la juventud de un hombre, vivo o muerto, debe ser medida por la validez de las soluciones que preconizó para los males de sus semejantes, diríase que ese hombre sólo envejece a partir del momento en que sus soluciones se consuman. Cuando el aporte de un hombre se ha cumplido o simplemente cuando las nuevas circunstancias lo tornan inadecuado y desechable, recién entonces su figura ingresa en los panteones de la historia.

A la inversa, cuando los años corridos se limitan a bruñir el mensaje, a hacer más ostensible su verdad; cuando las nuevas circunstancias agregan dosis suplementarias de razón a cuanto defendiera en la vida; cuando, en suma, su pensamiento y sus métodos resumen, más que una femenina nostalgia, el sentimiento viril de la esperanza combativa, el tiempo no es otra cosa que aparato de rejuvenecer. Hoy, 21 de mayo de 1978, en el país en que nació y al que amó, en la República que sirvió con resolución permanente José Batlle y Ordóñez, el viejo Batlle de los ‘¡Viva Batlle!’ de nuestras mejores tradiciones de civismo, cumple un año menos. Es más joven, esto es, es más fuerte. Se le añora más: este es, tiene más razón todavía, porque son más numerosos los orientales que lo comprenden. Es más válido: esto es, tiene más sitio en el futuro de cuanto pudo tenerlo en el pasado. Es más imprescindible: esto es, volverá, seguirá volviendo, hasta que vuelva para siempre.

¡Viva Batlle!

[…]

Batlle y Ordóñez era un político. Era el político por excelencia. Tenía la firmeza mental, la flexibilidad creadora de un político. Lo demostró mil veces en su vida, y sin esa condición política sutilísima no hubiera ciertamente realizado la gran obra que después hizo. Y aspiraba sin duda fervientemente a la Presidencia, porque sólo desde el Poder podría reorganizar el país y hacer andar sus ideas.

Pero nunca confundió flexibilidad con sinuosidad ni dejó de luchar por lo que creía. Debía llegar, pero sin torcer la senda. Cualquier otro en la circunstancia descripta, se hubiera limitado a una conservación de posiciones, sin arriesgarlas en conflicto alguno.

Por defender los derechos colorados de Río Negro, Batlle perdió el apoyo blanco; por defender los derechos de la República ante el Gobierno, perdió el de Cuestas.

Ante determinada situación en el Interior, una misión que Batlle integra va a hablar con Cuestas. La discusión termina dura entre Batlle y Cuestas. Este último, dueño del poder, se encara a Batlle:

– ¡Yo soy más colorado que Ud.!

A lo que Batlle contesta con firmeza:

– Es posible que Ud. sea tan colorado como yo. Pero más, no.

Ese día Batlle perdió la Presidencia. Sucesor seguro de Cuestas, apoyado por éste y por los blancos, los había enfrentado a los dos.

La grandeza de un adversario singular le iba a devolver esa Presidencia, no comprada al precio de ninguna concesión como se ve.

El 23 de enero de 1903 Batlle, candidato presidencial en difícil posición, hace conocer su programa.

[…]

El día de la votación en el Parlamento – día dramático de votación nominal – los colorados votarían todos a Batlle. Los blancos a Mac Eachen. Cuando la secretaría pidió el voto a Acevedo Díaz, éste contestó: ‘¡Por el Sr. Batlle y Ordóñez!’. Seis legisladores blancos más lo acompañaron, cuyos nombres debemos rescatar y honrar junto a él: José Romeu, Juan Gil, Juan A. Smith, Vidal y Fuentes, Eduardo Anaya y L. Rodríguez. ‘Los calepinos’, como fueron llamados con agravio, por el nombre de un caballo que en Maroñas entregó una carrera.

Expulsado de su partido por mantener su palabra (su fe en el Uruguay que Batlle inauguraría), Acevedo Díaz se fue del país para no volver nunca. Sobre su escritorio de gran novelista conservó siempre como pisapapeles una piedra que le arrojaron en el puerto.

Lo que muy pocos saben es por quién votó Batlle aquel día en que lo eligieron Presidente. Cuando llegó su turno y la secretaría pronunció su nombre, la dura voz de Don Pepe no tardó en contestar:

– Por el Sr. Eduardo Acevedo Díaz.

Este voto vale por muchas piedras. Sí. Eran hombres así, que ya no hay más.”

Inútiles para el mundo

Posted by Nicolás Ortiz On abril - 25 - 2011ADD COMMENTS

La Rural del Prado. Una buena semana para que los montevideanos veamos el campo a la vuelta de la esquina. Un mundo de gente. Familias enteras mirando las domas y visitando stands. La clásica “Semana Criolla” pinta las sonrisas de siempre.

También se pueden ver otras cosas que empiezan a tener tinte de clásicos. Mientras hablaba con un par de gurises que vendían chocolates  “Nikolo” en la puerta de Lucas Obes, obreros del SUNCA gritaban “¡La unión hace la fuerza! ¡La eterna lucha patrón – obrero!”, mientras repartían volantes denunciando las desigualdades de siempre. Los vestigios de un mundo anacrónico versus la realidad de la ausencia de sueños.

“[…] Todo sucede como si redescubriéramos con angustia una realidad que, habituados al crecimiento económico, al empleo casi pleno, al progreso de la integración y a la generalización de las protecciones sociales, ya creíamos curada: una vez más, la existencia de ‘inútiles para el mundo’, sujetos y grupos que se han vuelto supernumerarios ante la actualización en curso de las competencias económicas y sociales.” (Castel, Robert, “Las metamorfosis de la cuestión social. Una crónica del salariado.”).

Fuerte, ¿no? Castel va aún más allá. La nueva problemática es que estas personas, supernumerarios, no representan como en otras épocas una fuerza de presión, ni un potencial de lucha. Simplemente no ocupan un lugar en la sociedad. La sociedad puede prescindir de ellos. Así de sencillo. No tienen un lugar en el mundo.

Una nueva manifestación de una vieja problematización. Un nuevo desafío que implica un Estado que pueda encontrar una solución. Al menos esto para los que aún creemos en el Estado como líder del progreso.

Y no se trata sólo de tener  trabajo, sino de qué tipo de trabajo. Porque la precariedad del empleo es a veces más importante que el empleo en sí mismo. Y todo se conjuga para dar como resultado la no utilidad social y el no reconocimiento público, y aún, un apartamiento a una condición también precaria de ciudadano. O sea “inútiles para el mundo”.

Basta que haya un solo uruguayo “inútil para el mundo” para que todos los uruguayos prestemos atención. Están por las calles pidiendo monedas, dentro de sus casas reciclando basura, en las esquinas limpiando vidrios, en la Rural del Prado vendiendo chocolates “Nikolo”.

Las políticas públicas no ayudan. La educación actual tampoco. Están lejos de crear lugares en el mundo para la gente. “Feudalización”, “favelización”, “lateros” y “punteros” ya son cosas de todos los días.

Y se trata entonces de qué modelos estamos edificando como sociedad. Y eso lo cimentan dos cosas: cada uno de nosotros y la política. Nosotros tenemos una culpa mayúscula porque inevitablemente, más o menos, tendemos a estigmatizar. Y la política faltó sin aviso.

Cuando la política falta un día y el otro también, se corre el riesgo de entrar en la desconfianza hacia la democracia. Y si todavía algunos (muchos) trivializan a las mayorías, la mesa está servida.

Después de todo esto voy a hacer un acto confesional: todavía creo en Uruguay. Claro que en uno muy diferente al que tenemos, el cual espero sea tan sólo sea una edición limitada que el futuro que será pasado se coma. Y si alguien se pregunta por qué, los dejo con Jorge Luis Borges: ¿Por qué tengo que creer que un subsecretario es más real que un sueño?

Sobre la política

Posted by Nicolás Ortiz On enero - 31 - 2011ADD COMMENTS

Por estos días, preparando un examen, volví a reencontrarme con algunas ideas de Max Weber. Las mismas fueron expuestas en una conferencia pronunciada durante el invierno de 1919 y se enmarcan en lo que se dio en llamar “La política como vocación”. Transcribo aquí algunos extractos. Claro que más allá de los acuerdos o desacuerdos que tengamos con estas ideas, la intención es reflexionar sobre ellas, ya que innegablemente son asuntos permanentes y perennes en la política.

[…]

Puede decirse que son tres las cualidades decisivamente importantes para el político: pasión, sentido de la responsabilidad y mesura. Pasión en el sentido de “positividad”, de entrega apasionada a una “causa”, al dios o al demonio que la gobierna. No en el sentido de esa actitud interior que mi malogrado amigo Jorge Simmel solía llamar “excitación estéril”, propia de un determinado tipo de intelectuales, sobre todo rusos (no, por supuesto, de todos ellos) y que ahora juega también un gran papel entre nuestros intelectuales, en este carnaval al que se da, para embellecerlo, el orgulloso nombre de “revolución”. Es ése un “romanticismo de lo intelectualmente interesante” que gira en el vacío y está desprovisto de todo sentido de la responsabilidad objetiva. No todo queda arreglado, en efecto, con la pura pasión, por muy sinceramente que se la sienta. La pasión no convierte a un hombre en político si no está al servicio de una “causa” y no hace de la responsabilidad para con esa causa la estrella que oriente la acción. Para eso se necesita (y ésta es la cualidad psicológica decisiva para el político) mesura, capacidad para dejar que la realidad actúe sobre uno sin perder el recogimiento y la tranquilidad, es decir, para guardar la distancia con los hombres y las cosas. El “no saber guardar distancias” es uno de los pecados mortales de todo político y una de esas cualidades cuyo olvido condenará a la impotencia política a nuestra actual generación de intelectuales. El problema es, precisamente, el cómo puede conseguirse que vayan juntas en las mismas almas la pasión ardiente y la mesura frialdad. La política se hace con la cabeza y no con otras partes del cuerpo o del alma. Y, sin embargo, la entrega a una causa sólo puede nacer y alimentarse de la pasión, si ha de ser una actitud auténticamente humana y no un frívolo juego intelectual. Sólo el hábito de la distancia (en todos los sentidos de la palabra) hace posible la enérgica doma del alma que caracteriza al político apasionado y lo distingue del simple diletante político “estérilmente agitado”. La “fuerza” de una “personalidad” política reside, en primer lugar, en la posesión de estas cualidades.

Por esto el político tiene que vencer cada día y cada hora a un enemigo muy trivial y demasiado humano, la muy común vanidad, enemiga mortal de toda entrega a una causa y de toda mesura, en este caso de la mesura frente a sí mismo.

La vanidad es una cualidad muy extendida y tal vez nadie se vea libre de ella. En los círculos académicos y científicos es una especie de enfermedad profesional. Pero precisamente el hombre de ciencia, por antipática que sea su manifestación, la vanidad es relativamente inocua en el sentido de que, por lo general, no estorba al trabajo científico. Muy diferentes son sus resultados en el político, quien utiliza como instrumento el ansia de poder. El “instinto de poder”, como suele llamarse, está así, de hecho, entre sus cualidades normales. El pecado contra el Espíritu Santo de su profesión comienza en el momento en que esta ansia de poder deja de ser positiva, deja de estar exclusivamente al servicio de la “causa” para convertirse en una pura embriaguez personal. En último término, no hay más que dos pecados mortales en el terreno de la política: la ausencia de finalidades objetivas y la falta de responsabilidad, que frecuentemente, aunque no siempre, coincide con aquella. La vanidad, la necesidad de aparecer siempre que sea posible en primer plano, es lo que más lleva al político a cometer uno de estos pecados o los dos a la vez. Tanto más cuanto que el demagogo está obligado a tener en cuenta el “efecto”; por esto está siempre en peligro, tanto de convertirse en un comediante como de tomar a la ligera la responsabilidad que por las consecuencias de sus actos le incumbe y preocuparse sólo por la “impresión” que hace. Su ausencia de finalidad objetiva le hace proclive a buscar la apariencia brillante del poder en lugar del poder real; su falta de responsabilidad lo lleva a gozar del poder por el poder, sin tomar en cuenta su finalidad. Aunque el poder es el medio ineludible de la política o, más exactamente, precisamente porque lo es, y el ansia de poder es una de las fuerzas que lo impulsan, no hay deformación más perniciosa de la fuerza política que el baladronear de poder como un advenedizo o complacerse vanidosamente en el sentimiento de poder, es decir, en general, toda adoración del poder en cuanto tal. El simple “político de poder”, que está también entre nosotros es objeto de un fervoroso culto, puede quizás actuar enérgicamente, pero de hecho actúa en el vacío y sin sentido alguno. En esto los críticos de la “política de poder” tienen toda la razón. En el súbito derrumbamiento interno de algunos representantes típicos de esta actitud hemos podido comprobar cuánta debilidad interior y cuánta impotencia se esconde tras estos gestos, ostentosos pero totalmente vacíos. Dicha actitud es producto de una mezquina y superficial indiferencia frente al sentido de la acción humana, que no tiene ningún parentesco con la conciencia de la urdimbre trágica en que se asienta la trama de todo quehacer humano y especialmente del quehacer político.

Es una tremenda verdad y un hecho básico de la Historia (de cuya fundamentación no tenemos que ocuparnos en detalle aquí) el que frecuentemente o, mejor generalmente, el resultado final de la acción política guarda una relación absolutamente inadecuada, y frecuentemente incluso paradójica, con su sentido originario. Esto no permite, sin embargo, prescindir de ese sentido, del servicio a una “causa”, si se quiere que la acción tenga consistencia interna. Cuál haya de ser la causa para cuyo servicio busca y utiliza el político poder es ya cuestión de fe. Puede servir finalidades nacionales o humanitarias, sociales y éticas o culturales, seculares o religiosas; puede sentirse arrebatado por una firme fe en el “progreso” (en cualquier sentido que éste sea) o rechazar fríamente esa clase de fe; puede pretender encontrarse al servicio de una “idea” o rechazar por principio ese tipo de pretensiones y querer servir sólo fines materiales de la vida cotidiana. Lo que importa es que siempre ha de existir alguna fe. Cuando esta falta, incluso los éxitos políticos aparentemente más sólidos, y esto es perfectamente justo, llevan sobre sí la maldición de la inanidad.

Con lo que acabamos de decir nos encontramos ya ante el último de los problemas de que hemos de ocuparnos hoy, el del ethos de la política como “causa”. ¿Cuál es el papel que, independientemente de sus fines, ha de llenar la política en la economía ética de nuestra manera de vivir? ¿Cuál es, por así decir, el lugar ético que ella ocupa? En este punto chocan entre sí concepciones básicas del mundo entre las cuales, en último término, hay que escoger.

[…]

Con esto llegamos al punto decisivo. Tenemos que ver con claridad que toda acción éticamente orientada puede ajustarse a dos máximas fundamentalmente distintas entre sí e irremediablemente opuestas: puede orientarse mediante la “ética de la convicción” o conforme a la “ética de la responsabilidad”. No es que la ética de la convicción sea idéntica a la falta de responsabilidad, a la falta de convicción. No se trata en absoluto de esto. Pero hay una diferencia abismal entre obrar según la máxima de una ética de la convicción, tal como la que ordena (religiosamente hablando) “el cristiano obra bien y deja el resultado en manos de Dios”, o según una máxima de la ética de la responsabilidad, como la que ordena tener en cuenta las consecuencias previsibles de la propia acción. Ustedes pueden explicar elocuentemente a un sindicalista que las consecuencias de sus acciones serán las de aumentar las posibilidades de la reacción, incrementar la opresión de su clase y dificultar su ascenso; si ese sindicalista está firme en su ética de la convicción, ustedes no lograrán hacer mella. Cuando las consecuencias de una acción realizada conforme a una ética de la convicción son malas, quien la ejecutó no se siente responsable de ellas, sino que responsabiliza al mundo, a la estupidez de los hombres o a la voluntad de Dios que los hizo así. Quien actúa conforme a una ética de la responsabilidad, por el contrario, toma en cuenta todos los defectos del hombre medio. Como dice Fichte, no tiene ningún derecho a suponer que el hombre es bueno y perfecto y no se siente en situación de poder descargar sobre otros aquellas consecuencias de su acción que él pudo prever. Se dirá siempre que esas consecuencias son imputables a su acción. Quien actúa según la ética de la convicción, por el contrario, sólo se siente responsable de que no flamee la llama de la pura convicción, la llama, por ejemplo, de la protesta contra las injusticias del orden social. Prenderla una y otra vez es la finalidad de sus acciones que, desde el punto de vista del posible éxito, son plenamente irracionales y sólo pueden y deben tener un valor ejemplar.

Pero tampoco con esto llegamos al término del problema. Ninguna ética del mundo puede eludir el hecho de que para conseguir fines “buenos” hay que contar en muchos casos con medios moralmente dudosos, o al menos peligrosos, y con la posibilidad e incluso la probabilidad de consecuencias laterales moralmente malas. Ninguna ética del mundo puede resolver tampoco cuándo y en qué medida quedan “santificados” por el fin moralmente bueno los medios y las consecuencias laterales moralmente peligrosos.

El medio decisivo de la política es la violencia, y pueden ustedes medir la intensidad de la tensión que desde el punto de vista ético existe entre medios y fines recordando, por ejemplo, el caso de los socialistas revolucionarios (tendencias Zimmerwald), los cuales durante la guerra se gobernaban de acuerdo con un principio que podríamos formular descarnadamente en los siguientes términos: “Si tenemos que elegir entre algunos años más de guerra que traigan entonces la revolución o una paz inmediata que la impida, preferimos esos años más de guerra”. A la pregunta de qué es lo que podía traer consigo esa revolución, todo socialista científicamente educado habría contestado que no cabía pensar en modo alguno en el paso a una economía socialista, en el sentido que él da a la palabra, sino en la reconstitución de una economía burguesa que habría eliminado únicamente los elementos feudales y los restos dinásticos. Y para conseguir este modesto resultado se prefieren “unos años más de guerra”. Podría muy bien decirse que, incluso teniendo convicciones socialistas muy firmes, se puede rechazar un fin que exige tales medios. Ésta es, sin embargo, la situación del bolchevismo, del espartaquismo y, en general, de todo socialismo revolucionario, y resulta en consecuencia sumamente ridículo que estos sectores condenen moralmente a los “políticos de poder” del antiguo régimen por emplear esos mismos medios, aunque esté plenamente justificada la condena de sus fines.

[…]

La singularidad de todos los problemas éticos de la política está determinada sola y exclusivamente por su medio específico, la violencia legítima en manos de asociaciones humanas.

Quien de cualquier modo pacte con este medio y para cualquier fin que lo haga, y esto es lo que todo político hace, está condenado a sufrir sus consecuencias específicas. Esta condena recae muy especialmente sobre quien lucha por su fe, sea ésta religiosa o revolucionaria. […]

Quien quiera en general hacer política y, sobre todo, quien quiera hacer política como profesión ha de tener conciencia de estas paradojas éticas y de su responsabilidad por lo que él mismo, bajo su presión, puede llegar a ser. Repito que quien hace política pacta con los poderes diabólicos que acechan en torno de todo poder. […]

[…]

Es cierto que la política se hace con la cabeza, pero en modo alguno solamente con la cabeza. En esto tienen toda la razón quienes defienden la ética de la convicción. Nadie puede, sin embargo, prescribir si hay que obrar conforme a la ética de la responsabilidad o conforme a la ética de la convicción, o cuándo conforme a una y cuándo conforme a otra. Lo único que puedo decirles es que cuando en estos tiempos de excitación que ustedes no creen “estéril” (la excitación no es ni esencialmente ni siempre una pasión auténtica) veo aparecer súbitamente a los políticos de convicción en medio del desorden gritando: “El mundo es estúpido y abyecto, pero yo no; la responsabilidad por las consecuencias no me corresponden a mí, sino a los otros para quienes yo trabajo y cuya estupidez o cuya abyección yo extirparé”, lo primero que hago es cuestionar la solidez interior que existe tras esta ética de la convicción. Tengo la impresión de que en nueve casos de cada diez me enfrento con odres llenos de viento que no sienten realmente lo que están haciendo, sino que se inflaman con sensaciones románticas. Esto no me interesa mucho humanamente y no me conmueve en absoluto. Es, por el contrario, infinitamente conmovedora la actitud de un hombre maduro (de pocos o muchos años, que eso no es importante), que siente realmente y con toda su alma esta responsabilidad por las consecuencias y actúa conforme a una ética de responsabilidad, y que al llegar a cierto momento dice: “No puedo hacer otra cosa, aquí me detengo”. Esto sí es algo auténticamente humano y esto sí cala hondo. Esta situación puede, en efecto, presentársenos en cualquier momento a cualquiera de nosotros que no esté muerto interiormente. Desde este punto de vista la ética de la responsabilidad y la ética de la convicción no son términos absolutamente opuestos, sino elementos complementarios que han de concurrir para formar al hombre auténtico, al hombre que puede tener “vocación política”.

[…]

La política consiste en una dura y prolongada penetración a través de tenaces resistencias, para la que se requiere, al mismo tiempo, pasión y mesura. Es completamente cierto, y así lo prueba la Historia, que en este mundo no se consigue nunca lo posible si no se intenta lo imposible una y otra vez. Pero para ser capaz de hacer esto no sólo hay que se un caudillo, sino también un héroe en el sentido más sencillo de la palabra. Incluso aquellos que no son ni lo uno ni lo otro han de armarse desde ahora de esa fortaleza de ánimo que permite soportar la destrucción de todas las esperanzas, si no quieren resultar incapaces de realizar incluso lo que hoy es posible. Sólo quien está seguro de no quebrarse cuando, desde su punto de vista, el mundo se muestra demasiado estúpido o demasiado abyecto para lo que él le ofrece; sólo quien frente a todo esto es capaz de responder con un “sin embargo”; sólo un hombre de esta forma construido tiene “vocación” para la política.

La rabia y el perro

Posted by Nicolás Ortiz On enero - 18 - 2011ADD COMMENTS

“Quien quiere ahogar a su perro dice que está rabioso”, expresaba con mucha razón Molière. Esta frase me vino a la mente cuando leí “Batllismo y republicanismo” de Adolfo Garcé, publicado el pasado miércoles 12 de enero en El Observador.

Desde la tercera oración de lo expresado por Garcé en adelante (pues voy a dejar las dos primeras oraciones para el estribo) se leen algunos elementos acerca de la teoría política del batllismo, anclados mayoritariamente en el libro de Pablo Ney Ferreira Un país sin presidente.

Y por cierto que en estos tiempos vale la pena hacer esos recorridos. Sencillamente el batllismo, con ese ímpetu a veces acérrimo de republicanismo (o sin a veces), mataba todo lo que concentrara poder. Un absoluto respeto por la separación de poderes, pasando por las características de la organización partidaria, hasta la idea del colegiado integral, formaban parte de esta forma de soñar el mundo. Y de hacerlo realidad.

Los perfectos ejemplos de lo que no es republicanismo abundan en este gobierno.

El desconocimiento de la voluntad popular, por dos veces expresada, que se manifestó contraria a la anulación de la ley de caducidad, por ejemplo. Y esto, la segunda de las veces, a través de una ley interpretativa que se pretendía fuera aprobada por los legisladores, cuando el soberano ya se había pronunciado. Justamente Garcé menciona, y exalta, el control que debe existir para evitar el “despotismo de los representantes”. Y casualmente, hace un par de meses, Garcé lanzó algunas críticas a los legisladores por no aprobar el proyecto para dejar sin efecto la ley de caducidad. Desde mi punto de vista, ese proyecto justamente implicaba pedirles que aplicaran ese despotismo.

Bien podríamos hablar también de los coordinadores regionales que el Poder Ejecutivo creó, traspasando el delicado límite de la descentralización y autonomía departamental, concentrando aún más poder en el presidente de la República; de la intención de poner en marcha un Ministerio de Justicia, sobre lo cual algunos magistrados expresaron su opinión contraria, y que puede degenerar en un atentado a la separación de poderes; de la existencia de un Coordinador de los Servicios de Inteligencia del Estado, sin conocimiento de sus límites de autoridad y dependiendo directamente del presidente de la República, sin control parlamentario alguno en su versión original, siendo además un cargo de particular confianza.

Dejando los ejemplos y volviendo al inicio, es interesante comparar el colegiado integral con el actual Poder Ejecutivo. Interesante y bastante sencillo, puesto que en nuestro actual sistema, el presidente puede disolver las cámaras y llamar a elecciones, por ejemplo. O si reparamos en Mujica en particular, nos encontramos con un presidente que posee un gabinete de partido, sin ministros de otros lemas, con mayoría absoluta en ambas cámaras.

Así que, como ya expresé, me parece oportuno que volvamos la mirada atrás para que el pasado  nos guíe a construir un mejor futuro. Y para estar atentos al presente.

Es más, soy de los que recojo el guante y propongo organizar un debate o un intercambio de ideas sobre estos asuntos en 2011.

Hasta acá todo bien. Pero luego en la exposición de Garcé aparecen la rabia y el perro. La rabia es el batllismo y el perro es José Mujica. Es que la inferencia, muy inoportuna para mi gusto, es que “A José Mujica le cuesta tanto gobernar (también) porque la elite política de principios de siglo XX, con José Batlle y Ordóñez al frente, se empecinó en minimizar el poder presidencial”.

Considero que no pueden buscarse argumentos falaces en el batllismo. Si a José Mujica “le cuesta tanto gobernar” será por su incapacidad y por la del partido político al que pertenece.

Algunos estamos un poco agotados de que se busquen culpas en los demás, y si de paso son colorados mejor.

He aquí el estribo. Contrariamente a Garcé, soy de los que piensa que Milton Vanger no exageró y que José Batlle y Ordóñez sí fue el “creador de su tiempo”. Sólo por seguir con el tema del poder, porque sería inabarcable hablar de todos los sueños hechos realidad, vaya si fue un creador, que el Uruguay transitó desde presidentes elegidos por el Senado, hasta un colegiado, que, aunque no integral, lo suficientemente limitador del poder.

Por desgracia faltan soñadores y por suerte el perro no tiene rabia.

De debates, sueños, fulanos y menganos

Posted by Nicolás Ortiz On octubre - 31 - 2010ADD COMMENTS

Un buen debate para armar un día de estos es la relación entre los representantes y los representados. O sea el vínculo entre los que participan de las elecciones, colocando en una urna una papeleta con una serie de nombres de personas que aspiran ser electos para algo, y los que figuran en esa papeleta. Con “algo” me refiero a algún cargo o al querer hacer. Si querer el algo va acompañado de hacer algo mucho mejor. Elemental (y otro debate para armar).

Sea como sea, el voto es un inicio de ese vínculo. Lo hicimos durante todo el año 2009 y mitad  de 2010. Y ahora tendremos la oportunidad de hacerlo nuevamente el 20 de noviembre. Nuevamente muchos se limitarán a utilizar el vínculo brevísimo: voy, voto, fin. Aunque quiero intentar esbozar la importancia de hacer esos vínculos un poco más que brevísimos.

Primero que nada quizás no advirtamos que el vínculo brevísimo ya define muchas cosas. El 20/11 vamos a votar (en realidad yo no porque ya tengo 31, y el partido ya me considera “viejo”) para que 100 convencionales nacionales renueven la Convención Nacional del Partido Colorado, integrada por 600 miembros, la cual define la línea política general de acción del partido, elige y juzga la actuación del Comité Ejecutivo Nacional, concreta acuerdos con otras colectividades políticas, designa comisiones asesoras y secretarías técnicas para analizar los distintos temas de la realidad nacional, y muchos etcéteras. Por más información: Carta Orgánica del Partido Colorado. Y otras tantas cosas similares pasan en las Convenciones Departamentales.

Toda esta rimbombancia de cosas al menos suena muy importante. Pero no sólo suena. Ser Convencional Nacional implica tener que hacer que sea lo que debería ser (otro debate). Y además es un primer paso en donde se establece un vínculo representante – representado.

Vamos a mirar ese vínculo desde el punto de vista del representante, un Fulano. Fulano pertenece a una agrupación política, la cual tiene determinada manera de ver el mundo, la cual condiciona su manera de hacer política, y eso también se ve en las propuestas que arma. Como la agrupación cree que su manera de hacer política es buena, decide apoyar a Fulano para que sea la voz de la agrupación en los distintos lugares donde se hace política. Pues bien… primero hay que ir a la Convencional Nacional. Y para eso necesita que lo voten el 20/11 de 2010 (o en las elecciones internas de 2014, 2019, 2024…).

Fulano y la agrupación empiezan a participar así de la vida interna del Partido Colorado, mostrando su manera de hacer política y proponiendo.

Fulano y la agrupación pueden decidir ir más allá. En las elecciones nacionales de 2014 lo van a candidatear a Fulano diputado o senador. O en las departamentales y municipales de 2015, a edil o alcalde. Digamos que Fulano y la agrupación deciden dónde quieren llegar.

Ahora miremos ese vínculo desde el punto de vista del representado, para ser originales, un Mengano.

Como dijimos antes, Mengano puede optar por el vínculo brevísimo: se limita a introducir el papel por la ranura cada tanto y después se olvida del tema. O puede optar por influir en el Fulano. En el último caso, el vínculo puede tomar varias formas: Mengano participa de una recorrida que hace Fulano por un barrio (si la hace), o de una reunión en la casa de algún vecino de vez en cuando (si la hace), o asiste a las reuniones de la agrupación política (si existe) a la que Fulano pertenece, o le manda un e-mail con alguna idea y alguna crítica, o le comenta su muro en Facebook (si tiene) o lo sigue en Twitter (si tiene) y cada tanto le “twittea” algo. Sea como sea, Mengano quiere participar e influir en Fulano que va a cambiar la realidad (o que supuestamente va a cambiarla, porque por algo es político… ¿no?).

Llegados acá, se plantea un nudo que (creemos) es bastante difícil de desatar: la mayoría de los menganos optan sólo por el vínculo breve (el voto). Y aludí a la creencia porque una primera cosa que deberíamos pensar es si es malo y negativo que esto sea así, o que la maldad y la negatividad de los vínculos breves no es más que una suerte de leyenda urbana en la política. Esto devana los sesos a los partidos políticos, sea leyenda o no, y podríamos hablar de mil y una razones que lo han causado.

Yo tiendo a afiliarme a que esto es una leyenda más que una realidad, pero en todo caso, si de alguna razón considero deberíamos preocuparnos es la de que los menganos no ven que los fulanos sean capaces de cambiar la realidad, al menos a través de la política.

Para revertir esto se pueden explorar varias vetas.

Una primera cosa es que los menganos que optan sólo por el voto, sepan a qué fulanos están votando, a qué agrupación representan, qué es lo que piensan, qué es lo que proponen. Yo prefiero elegir personas que usen los “algos” para hacer algo y que hagan que sea lo que debería ser. Claro que esto queda a libertad del mengano. Allá él y está bien. Pero debería intentarse que en cada elección al menos un elector más preste atención a estas cosas.

Una segunda cosa es participar. Si un mengano quiere ir más allá del voto, que no dude en hacerlo. Será responsabilidad de los fulanos que existan los ámbitos y vínculos para que la participación pueda darse y responsabilidad de los menganos, libertad mediante otra vez, utilizarlos.

Y una tercera cosa es la forma de los vínculos. Es que tenemos que entender que la típica reunión de una agrupación política hoy se ve sustituida (aunque sería mejor que fuese tan sólo complementada… ¿otro debate?) por un “tweet” al senador de la República. ¡Y bueno sí… bienvenido sea! Pues que lo importante es que existan los vínculos. El fulano tiene que generarlos (si quiere) y el mengano utilizarlos (si quiere).

Al final, todo se trata de las ganas de construir un sueño, de concretarlo y de ser parte de él. Cuanto menos breve sea el vínculo entre los fulanos y los menganos, mejores sueños se construirán… y más rápido se concretarán. Ya decía Oscar Wilde: “La sociedad perdona a veces al criminal, pero no perdona nunca al soñador.

—¿Qué significa ser de izquierda hoy? ¿Sigue siendo válido el antagonismo derecha e izquierda para registrar las señas del conflicto político en nuestras sociedades del siglo XXI?

—Como investigador de estos temas creo que este antagonismo binario sigue teniendo sentido, siempre y cuando lo abordemos de manera crítica e interpongamos filtros conceptuales rigurosos.

Tomemos algunos núcleos centrales de la argumentación de un clásico como Norberto Bobbio en su famoso libro Derecha e izquierda. Lo primero que destaca Bobbio es que no son “conceptos ontológicos”, invariantes, sino que ante todo deben asumirse las implicaciones de su condición como “dos conceptos espaciales”. ¿Qué significa esto? En primer lugar, que se construyeron de manera histórica y especular. Todos recordamos que en términos políticos el concepto “izquierda” tuvo su origen en el lugar en que se sentaban en la Asamblea Nacional los representantes “jacobinos” en ocasión de la revolución francesa, quienes también se identificaban por sus reivindicaciones favorables a las clases más pobres. Si este es el origen histórico, hay que inferir de inmediato que derecha e izquierda varían sus contenidos con el tiempo.

De todos modos, aun en el cambio hay principios inspiradores que permanecen. Bobbio destacó el principio ordenador de la diada conservación-emancipación, pero sobre todo enfatizó que el criterio más usual para discernir las aguas era la actitud que asumían los individuos frente al “ideal de la igualdad”. Pero de inmediato aclara que el concepto de igualdad es relativo, previene sobre la amenaza de un igualitarismo homogeneizador y problematiza el tema. Establece con buen criterio que adherir a un ideal de igualdad supone defender la utopía de promover todas aquellas iniciativas y políticas que “tiendan a convertir más iguales a los desiguales”. Y advierte además sobre la necesidad de considerar la diada “libertad-autoritarismo” a los efectos de complementar la pauta de diferenciación. Sin embargo, subraya que la clave de distinción radica prioritariamente en el criterio de igualdad y que la actitud ante la libertad sirve sobre todo para discernir rasgos dentro de ambos espacios.

—¿Y esos criterios siguen vigentes?

—Aun tomando como buena la herencia clásica de autores como Bobbio o Agnés Heller, entre tantos otros, hoy se tiende a converger en una reapropiación crítica de estas ideas y a coincidir en la idea-fuerza de que si la diada derecha-izquierda quiere sobrevivir al giro de época que nos toca vivir debe incorporar otros factores de identificación y resignificarse en su configuración. Desde una perspectiva claramente europea, y hasta eurocéntrica, un autor como el alemán Ulrich Beck refiere a tres tópicos para separar derechas e izquierdas: la actitud ante el diferente, ante la incertidumbre y ante la política. Desde otras perspectivas más receptivas para sociedades como las latinoamericanas, se habla también de muchos otros temas. Algunos de esos temas: una radicalización de las formas democráticas que afirme las claves de representación y desde ellas (no contra ellas) trascienda hacia claves más participativas, en términos republicanos si se quiere; la defensa de una “cultura de los derechos”, que se afirme en la noción de derechos humanos pero que en más de un sentido la trascienda, en la dirección del concepto más amplio y radical de “derechos fundamentales”; la incorporación plena de nuevas agendas (género, sustentabilidad ambiental, derechos y libertades culturales, nuevos modelos de laicidad y diversidad, una sexualidad más libre, nuevos arreglos familiares, derechos de los jóvenes, campos efectivos para la afirmación de la autorrealización personal en clave solidaria y no individualista); repensar las implicaciones de la globalización de acuerdo a alternativas más solidarias; la defensa y promoción de un nuevo enfoque más integral de las libertades individuales, con un encare -por ejemplo- que no se saltee los retos más significativos del cambio tecnológico y de su proyección en la tecnosociabilidad de los más jóvenes; nuevos pactos fiscales entre el ciudadano y el Estado; el establecimiento de alternativas efectivamente poscapitalistas en el sentido de nuevos proyectos económicos y sociales que se hagan cargo de los cambios radicales en los paradigmas tecnoeconómicos; nuevos enfoques de política exterior para afirmar horizontes integradores e internacionalistas, con propuestas que defiendan las instituciones multilaterales y la aplicación sustantiva del derecho internacional; la asunción plena de planteos de no violencia…

—¿La magnitud de estos retos no hace que sea casi inalcanzable la satisfacción de una verdadera identidad de izquierda?

—Bueno, allí debe estar un centro de análisis. Y aquí quiero hablar desde la perspectiva de un ciudadano que se define de izquierdas, en plural. La preocupación por este tema de las derechas y de las izquierdas siempre ha sido un tema de las izquierdas. Recuerdo la frase que frecuentemente citaba Carlos Quijano: “el que niega que haya derecha e izquierda, más bien es de derecha”. Tiendo a coincidir. Desde su “antropología optimista”, que en términos de identidad no puede abdicar de la utopía de una sociedad y de una ciudadanía mejores, es la izquierda la que siempre debe estar reflexionando y discutiendo sobre su condición. La derecha tiende a ver ese ejercicio como inútil. La idea del pensamiento único, los relatos del “fin de las ideologías”, las visiones escépticas -supuestamente “realistas”- del estilo “son todos iguales” o el “mundo es como es y no hay cómo cambiarlo”, hacen pensar en una política sin antagonismos decisivos, casi una “no política” de la mera gestión, en la que sólo hay que administrar una realidad incambiable.

La identidad de la izquierda es una identidad “utópica”, en el mejor sentido: plantea ideas límite y horizontes de emancipación que tienden a que las sociedades y las personas puedan mejorar y avanzar por más igualdad y más libertades.

Por cierto que la caja de las “izquierdas” no puede ser una “caja vacía” en la que entre todo tras la invocación del deseo de igualdad. Hoy hay más exigencias. Es necesario preguntarse qué significa ser de izquierdas más de 20 años después de la caída del muro de Berlín y de todo lo que ha ocurrido en estos últimos años de cambio vertiginoso. Creo que ya no basta sólo la adhesión a criterios de igualdad genéricos sino que se impone una actitud muy proactiva con relación a las libertades, las de “los antiguos” y también las nuevas del sujeto contemporáneo.

—¿Y todo esto cómo se traduce en el caso concreto de América Latina? Hace unos días dijiste en un seminario que a tu criterio el régimen de Chávez no debería ser considerado de izquierda.

—Así es. Y me causa cierto asombro que una frase aislada de una exposición haya causado cierta perplejidad al ser recogida en forma parcial por la prensa. Me sorprende que esa opinión genere perplejidad. Lo tomo como una señal más de la ausencia de debate ideológico en la izquierda uruguaya. La frase provenía de una ponencia que presenté en el Congreso de Ciencia Política sobre el tema “Convergencias y divergencias de las políticas exteriores en América del Sur”. Allí enfatizaba en que los giros de los procesos de integración, actualmente en curso de implementación en América del Sur, no podían descontextualizarse de los cambios políticos ocurridos a nivel nacional. Advertía también sobre lo infértil -a mi juicio- de aferrarse a la invocación de la “afinidad ideológica” de los gobiernos de los estados parte de un bloque como motor principal de una transformación positiva de los procesos de integración, con el caso reciente del MERCOSUR como un ejemplo paradigmático. Pero además problematizaba la idea frecuente del llamado “giro a la izquierda” en los gobiernos de la región, pues, en el caso de aceptar esa idea como hipótesis, habría que analizar con mucho más rigor cuáles son los límites y alcances del contenido convergente de ese “giro” en materia de políticas específicas. Resulta necesario indagar, por ejemplo, en los discernimientos necesarios entre izquierdas clásicas, “progresismos” y movimientos nacional populares. En ese sentido, afirmé que había muchas razones para dudar sobre la condición de izquierda asignada usualmente a Chávez y su régimen.

—¿En qué te basas para esa afirmación?

—Chávez y su régimen no puntúan bien en casi ninguno de los requerimientos señalados anteriormente para una izquierda moderna y democrática. No hay que demonizar a Chávez, hay que evitar el aislamiento de Venezuela en esta hora difícil de su historia. Yo apoyo la incorporación de Venezuela (que es más que el régimen chavista) al Mercosür. Más allá de muchas inconsistencias, el proyecto del Alba contiene valores positivos de cooperación internacional, aun cuando todo depende del petróleo venezolano. Tampoco hay que ignorar la historia de corrupción y el agotamiento del sistema partidario tradicional que promovió más que nada el ascenso de Chávez al poder hace más de una década. Ni opacar ciertos avances sociales obtenidos durante estos últimos años. Sin embargo, hay realidades que resultan inocultables y frente a las que no se puede mirar para el costado. Los insólitos niveles de culto a la personalidad, la reelección indefinida, los perfiles autoritarios del régimen, su apoyo creciente en el ejército, las persecuciones a disidentes, la manipulación estatal de organizaciones sociales oficialistas, las fuertes restricciones a las libertades civiles, el acoso genérico a los medios de comunicación no oficialistas, la llamada “guerrilla mediática”, la movilización intimidante de los “círculos bolivarianos”, su lenguaje guerrerista (sustentado en una militarización indesmentible), sus vínculos con regímenes como los de Irán, Corea del Norte, Bielorrusia o con movimientos como Hizbolá, ¿qué tienen que ver con la tradición de las izquierdas? ¿Qué hay de poscapitalista en la Venezuela de hoy? ¿Qué hay de efectivamente alternativo en su dependencia fortísima de las oscilaciones de la renta petrolera y en sus perfiles de paupérrima productividad en otras áreas? No ha habido verdadera transformación en este punto capital: la Venezuela de hoy, como la de ayer, sigue siendo absolutamente dependiente de la distribución de la renta petrolera. La actual recesión, su altísima inflación, el ajuste ortodoxo de 2009, todo lo cual denota fragilidades estructurales que no tienen la mayoría de los países sudamericanos, muy poco tienen que ver con un horizonte efectivo de izquierdas, incluso y tal vez en especial en América Latina.

—¿ Qué hay de poscapitalista en experiencias de gobierno como la uruguaya, la chilena, la brasileña?

—Bueno, a eso iba. Por supuesto que muy poco o casi nada. Ese es un gran déficit de las izquierdas a nivel mundial. Resulta en verdad patético ver a las izquierdas europeas sin una idea frente a una crisis estructural del capitalismo como hacía décadas no se producía. Y algo parecido -aunque menos ostensible-vemos en una América Latina que enfrenta a la crisis con más fortalezas, debidas entre otras cosas a aprendizajes relevantes. La defensa de un horizonte poscapitalista es una exigencia para pensar en ideas nuevas, configuraciones efectivamente alternativas en términos de modelo económico y de desarrollo. Renunciar a esa exigencia ideológica, en un mundo como el de hoy y en una perspectiva histórica, no sólo no es de izquierda sino también poco razonable.

No se trata de proponer la aplicación de un recetario, pues ya quedó demostrado que por ahora éste no existe. Con mucho pragmatismo y realismo, se trata de no renunciar a la exigencia intelectual e ideológica de pensar rumbos nuevos para imaginar otra relación de los hombres y de las sociedades con la economía global de nuestro tiempo, con la producción, con el trabajo, con los recursos naturales, con la organización de la sociedad sobre bases de más igualdad y más libertad. Hay que repensar y debatir con verdad y radicalidad los términos de eso que llamamos “alternativo”. Y entonces me podes preguntar por qué esta exigencia tan fuerte sobre la Venezuela de Chávez, cuando en las experiencias de izquierda en el mundo y en el continente casi no hay nada de poscapitalista. Y te diría que la diferencia entre los dichos y los hechos se ha tornado demasiado grotesca con Chávez. Labanalización del concepto del “socialismo del siglo XXI” en relación con lo que vemos en la Venezuela de hoy no resulta aceptable. Nunca más debería confundirse “socialismo” con “sociolismo”, hay que calificar las palabras y los conceptos, hacerse cargo de su dignidad y de su historia. Ya no hay espacio para ciertas retóricas. Pero, por cierto, la ausencia de debate ideológico sobre qué significa hoy un horizonte poscapitalista también es una deuda muy fuerte en el seno de las izquierdas.

[…]

Lástima… no pudieron

Posted by Nicolás Ortiz On agosto - 22 - 2010ADD COMMENTS

No soy crítico literario ni historiador. Apenas podría emitir alguna opinión sobre alguna que otra prosa o poesía que he leído o dar un enfoque parcial de los hechos históricos que conozco. En tanto opiniones y enfoques parciales, obvio que subjetivos.

Además, por mi condición de colorado y batllista, la subjetividad en un tema como el del libro “Qué tupé” de Diego Fischer, hubiese sido la nota permanente de cualquier tecla que se me hubiese ocurrido presionar para escribir unos cuantos caracteres sobre el asunto.

Así que entre limitaciones y subjetividad tan sólo esperé.

Debo decir que la espera valió la pena. Comparto así un artículo de Marcos Cantera Carlomagno, Doctor en Historia, publicado en Búsqueda el 19 de agosto pasado.

Pero antes me voy a permitir una pequeñísima subjetividad: es una lástima, pero de nuevo no pudieron.

“Gordo, feo, inmoral, autoritario, resentido, libertino, anticlerical, soberbio y asesino. ‘Qué tupé. Batlle-Beltrán. ¿Duelo o asesinato?’, del periodista Diego Fischer, plantea la hipótesis de que Washington Beltrán fue asesinado por José Batlle y Ordóñez durante el duelo de 1920

Nos engañaron. La historia que nos dijeron es mentira. Pero ahora yo les cuento la verdadera.

Pretender saber la verdad sobre un episodio del pasado es una quimera. La historia no es una ciencia exacta ni existe un método que nos haga llegar a la infalible verdad ni hay fuentes capaces de hablar por su propio peso. La historia es interpretación subjetiva de una larga serie de elementos. Por más veleidad de objetivismo que tenga el historiador, es suficiente con elegir un tema para sumergirse en un baño de subjetividad.

Igual de sonámbulo anda quien condena a una sociedad pasada por ser víctima del libertinaje, del moralismo o de la hipocresía, pues no ha entendido que forma parte indisoluble de su presente y de su escala de valores; que no puede escapar ni a uno ni a otra y que, por ende, todo juicio que emita sobre ese pasado estará indefectiblemente condicionado por los valores del tiempo y la cultura a las cuales pertenece.

De ahí que la historia, toda la historia, sea historia contemporánea. De ahí que no haya una historia definitiva. De ahí que cada generación escriba sus propias historias a través de sus propios lentes. La reseña de un libro del periodista Diego Fischer (Qué tupé, Batlle-Beltrán ¿Duelo o asesinato?) debe comenzar por recordar previamente esos dos postulados centrales.

Qué tupé está centrado en el duelo que el 2 de abril de 1920 enfrentó a José Batlle y Ordóñez y Washington Beltrán y en el cual este último murió. El planteo de Fischer (entrevista en “El País” del 8/8/10) es contundente: “La historia que se contó hasta ahora no era la verdad”; “Hay otra historia -con documentos que la comprueban- que estuvo sepultada por muchas razones. Obviamente, la mayor es política: intereses muy mezquinos”.

En una hipótesis escalofriante, Fischer sostiene haber descubierto que el verdadero motivo de Batlle para retar a duelo a Beltrán no fue limpiar su honor sino asesinar a un rival político en franco ascenso y eliminar, con un balazo, la amenaza que Beltrán representaba para sus “mezquinos” intereses personales y partidarios.

La prueba fehaciente de esta teoría es un documento cuya objetividad el autor pone fuera de duda pues se trata de un acta judicial: “¿Quién puede refutar un expediente judicial?”, se pregunta (“El País”, 8/8/10).

El honor en juego.

El eje del libro es un duelo de honor. Recordemos entonces que los hombres siempre han usado la fuerza bruta para dirimir sus problemas. Una pelea entre dos personas podía solucionar pequeños y grandes conflictos: hace más de 3.000 años, David enfrentó en duelo a Goliat y liberó a su pueblo del peligro filisteo. Pero el duelo consensuado entre dos personas de los estratos superiores de la sociedad, quienes siguiendo una serie de códigos formales o informales resuelven una cuestión de honor, es un fenómeno con raíces en la Edad Media europea.

La razón de ser de este tipo de duelos es lavar un agravio al honor personal.

Y como repitió Calderón en sus obras, las manchas al honor tenían necesariamente que ser lavadas con sangre. Es decir, con la sangre de quien las había causado.

Participar en un duelo implicaba un acto de heroísmo, pues se ponía en riesgo la vida en aras de ese honor.

Y si bien las armas usadas podían ser relativamente inofensivas (espadas sin punta ni filo), el desafiante podía elegir usar pistolas. En ese caso, la probabilidad de que uno de los dos involucrados muriera era alta.

Con el tiempo, la práctica del duelo se hizo ilegal en la mayoría de los países, pero tratándose de “caballeros”, las autoridades hacían la vista gorda. Si el escándalo generado era muy grande se tomaban algunas medidas formales -se arrestaba a los implicados o se iniciaban procedimientos policiales-, cuyo único objetivo real era complacer a una opinión pública momentáneamente exaltada. Pronto las aguas volvían a su cauce cotidiano y los arrestados a su casa.

Uruguay no era una excepción. El Código Penal de 1889 tipificaba el duelo como delito y establecía una serie de penas según la participación de cada uno en el mismo (penas que nunca llegaron a aplicarse, a pesar del centenar largo de combates famosos que tuvieron lugar en esos años).

Pero el desenlace del duelo entre Batlle y Beltrán llevó a un cambio en la legislación, promulgándose cuatro meses más tarde la Ley 7.253 (“ley de duelos”), cuyo fin era reglamentar la práctica de esos enfrentamientos. La misma fue derogada por la Ley 16.274, de julio de 1992. El último duelo de la historia uruguaya fue protagonizado por los generales Seregni y Ribas en 1971.

En 1918, Washington Beltrán, Leonel Aguirre y Eduardo Rodríguez Larreta fundaron “El País”. A partir de ese momento la guerra verbal entre “El Día” y “El País” fue en constante ascenso. Un artículo de Aguirre (“Batlle-Brum”), que Batlle consideró ofensivo para su honor, derivó en el duelo Batlle-Aguirre, en enero de 1920. Fue en Pando y a sable, terminando Batlle herido en un brazo.

Menos de tres meses después, el 1º de abril, “El País” publicó un artículo editorial (“¡Qué toupet!”) en el que Batlle no sólo era llamado “el campeón del fraude” sino que también era acusado de mentiroso, de ladrón y de manipulador de la política nacional.

Ofendido, Batlle, que tenía 64 años, envió sus padrinos y Beltrán, de 35, aceptó el reto. Sería a pistola y dos disparos cada uno. Al otro día, los duelistas y sus padrinos se encontraron en el Parque Central. Bajo una lluvia por momentos intensa, Batlle y Beltrán hicieron sus disparos. Al segundo balazo, Beltrán cayó al suelo. El proyectil le había penetrado por la axila derecha, cortándole la aorta antes de salir por la espalda. Murió en el acto.

Tratos y (mal) tratos.

El libro de Fischer es un cuadro de paleta pobre, pues consta de sólo dos colores: blanco y negro. La primera docena de capítulos, por ejemplo, son estrictamente alternados: uno trata a Beltrán y el otro (mal) trata a Batlle.

Fischer pinta a Beltrán como un joven idealista, honesto hasta la médula, trabajador incansable, brillante en lo intelectual, hermoso físicamente, más bueno que el pan y lleno de inmejorables ambiciones. Batlle es su antítesis. Beltrán es creyente, Batlle es descreído. A Beltrán le sonríe la vida, a Batlle lo atormenta la muerte.

En la descripción de una fotografía de Beltrán, Fischer dice que la imagen muestra “una mirada penetrante. La ceja derecha levemente levantada en un rostro armónico (…) y un mentón ligeramente anguloso retratan a un hombre de aspecto muy varonil” (p. 39).

Batlle, por el contrario, tenía “un aspecto rudo” y una “figura poco agraciada”. Todo su ser era un insulto a la armonía, pues medía 1,92 y pesaba 140 quilos. Y como si fuese poco, sufría una enfermedad que lo había transformado en un monstruo, en algo grotesco que más recordaba a una pera que a un humano: chico en la mitad de arriba y grande en la de abajo (p. 49).

El burdo maniqueísmo en el trato a los dos actores centrales del drama se extiende a las otras personas. Beltrán y su esposa Elena eran fervientemente católicos. Lo primero que hicieron en el hogar común fue construir una ermita con la imagen de la Virgen del Perpetuo Socorro. Elena “iba diariamente a misa” (p. 56) y rezaba el rosario en casa todas las tardecitas (p. 173, 205 y 217).

Esta profunda devoción cristiana de Beltrán era la contracara del espíritu “jacobino” de Batlle, incansable perseguidor de la Iglesia. Sus medidas para laicizar a la sociedad uruguaya ocupan ocho páginas del libro. Pero en vez de intentar descubrir si a Batlle lo movía una postura filosófica, un principio ético o una posición ideológica, Fischer insiste en que las raíces del “anticlericalismo combatiente” de Batlle no debían buscarse “en el positivismo imperante en los ámbitos académicos y políticos europeos” sino “en dolorosas experiencias personales” (p. 32). Ya lo anuncia el nombre de ese capítulo: “Y a la pasión y al rencor se los vistió de doctrina”.

Moraleja: la secularización de la sociedad uruguaya es una consecuencia del resentimiento de Batlle.

Familias antagónicas.

De la misma manera, los Beltrán y los Batlle representan para Fischer dos modelos familiares antagónicos. Los primeros fueron novios, se casaron con todos los papeles en regla, anunciaron el acontecimiento en las crónicas sociales y partieron de viaje de bodas a Europa. Los Batlle, por su parte, eran una tribu de Piedras Blancas en donde parientes mayores en varios grados, hijos legales, hijos ilegales, hijastros y sobrinos asociados convivían bajo el férreo mando de su cacique.

Como si eso fuera poco, Batlle estaba amancebado con la esposa de su primo, el cual era borracho, jugador y golpeador empedernido (p. 47). Con ella tuvo varios hijos naturales que no fueron inscritos en las fechas en que nacieron. En sus actas oficiales hay datos incorrectos. “Todo ello”, concluye Fischer, “indica la precariedad legal en que vivían Batlle y Matilde” (p. 52).

A lo largo de una página y media, el autor inventa un diálogo entre César, hijo de Batlle, y su padre. El niño llora por el aislamiento que sufre por parte de sus compañeros de escuela, que le gritan “bastardo” y no lo invitan a sus cumpleaños.

La sociedad hiende Montevideo los trataba como a parias. Pero mientras Matilde “se había acostumbrado a los desplantes que las mujeres de su propio círculo solían hacerle por vivir en concubinato con Batlle”, su marido “descargaba su ira contra la Iglesia y los católicos en las páginas de ‘El Día’ y hacía del anticlericalismo una de sus principales banderas políticas”.

No en vano ese capítulo se llama “El precio de la transgresión”.

De esta forma grosera, Fischer reduce el accionar de Batlle en un plano fundamental para la formación del Uruguay moderno al simple resentimiento de un hombre frente a una sociedad que lo condenaba por vivir “en el pecado” y que le reprochaba “el asumir conductas propias de la clase baja y de gente ignorante” (p. 52 a 54).

El Colegiado.

No menos infeliz es Fischer cuando define otra de las grandes empresas de Batlle: la reforma colegiada. “Batlle había madurado la idea luego de visitar Suiza, pero ¿qué encerraba su propuesta? ¿Un afán de profundizar la democracia? ¿O había encontrado la fórmula institucional para dividir y seguir reinando?” (p. 61).

Una vez más, la política de Batlle en un aspecto crucial como lo era la construcción de un mecanismo de descentralización del Poder Ejecutivo se convierte para Fischer en motivo de las peores sospechas. Cuando Batlle había ejercido la Presidencia unipersonal, había “abusado” del poder. Cuando la pretendía colectivizar, su fin era “dividir y seguir reinando”. Es decir: hiciera lo que hiciera, siempre estaba mal; su actividad política estaba condenada de antemano debido a esos “intereses muy mezquinos” que lo guiaban. Evidentemente, un gordo feo no podía tener buenas intenciones…

En su intento de demolición de Batlle, Fischer acude a mecanismos de asombrosa simpleza. Le dedica, por ejemplo, todo un capítulo a la repatriación de los restos de José Enrique Rodó, quien había muerto en Italia en 1917. ¿Tiene algo que ver esta persona y este hecho con el duelo Batlle-Beltrán? No. Entonces, ¿por qué se incluye en el libro? Se incluye en el libro porque Rodó se había peleado con Batlle debido a su política religiosa. Como indica aquel refrán español (“Todo sirve para el convento, decía Juan, y llevaba una monja a cuestas”), todo aquello que pueda servir para desprestigiar a Batlle es útil a los fines del libro, tenga o no tenga que ver con el tema del mismo. ¡Qué tupé!

Blanco y negro.

El blanquinegro del autor no es individual sino colectivo: todos los colaboradores de Beltrán eran excelentes, destacados y prestigiosos; todos los que estaban en contra de Batlle (incluso colorados Gomo Rodó) eran honestos; todos los miembros del círculo de Batlle eran indignos; todos los que rodeaban a Beltrán pretendían únicamente el bien de la Patria; todos los que rodeaban a Batlle perseguían intereses mezquinos.

Un caso estelar es el de Baltasar Brum, a quien Fischer dedica un capítulo llamado “El terrible Baltasar”. Brum era, según Fischer, masón y mujeriego. Batlle lo adoptó políticamente pues “su juventud, su fama de donjuán y sus lazos con la masonería le auguraban una gran carrera política que los hechos confirmaron”. De yapa, Brum era mentiroso como su jefe (p. 85 a 88).

Fischer sostiene (“El País”, 8/8/10) que la parte de ficción en su libro apunta a “hacer fluir la realidad”. La idea ilusiona por lo simpática, pero el resultado asusta por lo malo, pues con ayuda de la ficción el autor altera diametralmente lo que dicen las fuentes. Veamos dos ejemplos de los muchos que hay.

En un diálogo inventado, Beltrán le dice a su mujer que está feliz porque “el Partido Nacional logró el mayor número de representantes en la Asamblea Constituyente”. Pero a la página siguiente, el lector descubre que esas elecciones las ganó el Partido Colorado, que obtuvo 109 escaños contra los 105 del Partido Nacional (p. 69 y 70).

El 27 de diciembre de 1919, Beltrán le escribió al presidente Brum para avisarle que estaba recibiendo amenazas de muerte. Entre otras cosas, “una persona” le había advertido “de un presunto plan” para matarlo. Eso, solamente eso y nada más que eso es lo que dice la fuente escrita.

Sin embargo, a partir de ahí, Fischer inventa un largo diálogo entre Beltrán y un soldado anónimo que le avisa que lo quieren matar. El soldado le asegura haber estado apostado en la quinta de Batlle y allí haber oído que en el escritorio del líder colorado se decía que era necesario “sacarse de encima” a Beltrán y a otros líderes opositores (p. 103 a 107).

Es de esta manera -multiplicando vaguedades, creando estados de ánimo, produciendo diálogos fantasmagóricos, generando impresiones y sumando supuestos sin fundamento- que el autor sostiene que va a cambiar la historia, endosándole a Batlle el asesinato de Beltrán.

¿Y las pruebas? Ahora bien, ¿cuál es la prueba de que la historia oficial sobre la muerte de Beltrán no es la verdadera? La base sobre la cual se apoya todo el andamiaje de Fischer es el famoso expediente judicial. La fuente que nadie puede refutar. Analicemos pues el corazón mismo de esta fuente: la autopsia que los forenses Moreau y May le hicieron al cadáver de Beltrán y el parte médico que emitieron el 6 de abril de 1920.

El acta firmada por Moreau y May establece dos cuestiones fundamentales. Una aclara que el orificio de entrada de la bala era “de dos centímetros de largo por uno de ancho”, mientras que el de salida era “de un centímetro de diámetro”. La otra establece que “en cuanto a la naturaleza del proyectil, no es posible determinarlo, aunque llama la atención la herida irregular de la aorta” (p. 168).

Este año, el conocido forense Guido Berro Rovira elaboró un comentario sobre el informe de esa autopsia. En él podemos leer, a propósito del corte en la aorta: “Es cierto, llama la atención, sin perder de vista que la elasticidad y consistencia de la pared de la aorta puede deformar el orificio… (pero) resulta muy llamativa su forma estrellada y no puede descartarse que el proyectil tuviera alguna particularidad, como ser marcado…” (p. 261, cursivas en el original).

En buen romance: lo único que sabemos a través del parte forense es que la herida de la aorta era llamativa por lo irregular. A 90 años de distancia, Berro Rovira especula sobre la causa de esa irregularidad e incluye entre los posibles motivos la idea de un proyectil marcado. Pero como no hay pruebas de ello, agrega inmediatamente “no podemos avanzar más” (p. 169 y 261).

Sin embargo, y con el método de usar la ficción para decir cosas sin apoyo en las fuentes, Fischer inventa el siguiente diálogo entre los dos forenses:

“-Curiosa la herida, ¿no? -comentó Moreau-. Secciona casi la mitad posterior de la arteria.

-Sí, realmente. Es como una estrella de siete puntas, propia de las balas marcadas -dijo May…” (p. 167, puntos suspensivos en el original).

De esa manera, sin elementos de juicio en su haber y practicando el arte de convertir una pluma en gallina, el autor de Qué tupé pone en boca de uno de los forenses algo que éste no dijo ni dejó escrito.

La metamorfosis que resulta de esto es alucinante: la herida llamativa de la aorta (según el parte forense) se convierte, en el diálogo de Fischer, en “una estrella de siete puntas, propia de las balas marcadas”. La conclusión cae por su propio peso: “Si la bala que mató a Beltrán estaba efectivamente marcada, corresponde preguntarse quién ordenó hacerlo” (p. 171).

Señores, así de fácil se fabrica un asesinato. Ahora sólo falta encontrar un asesino.

Una hipótesis endeble.

Sin embargo, es necesario comentar otros dos elementos que desmienten la hipótesis de Fischer. El primero es que las pistolas fueron cargadas por el armero (José Cazot) y que tanto las mismas como las balas fueron previamente inspeccionadas por los cuatro padrinos. El segundo, de mayor contundencia aún, es el dato que anotan los forenses: el orificio de entrada de la bala es mayor que el de salida. Si la bala hubiese estado marcada al estilo dum-dum, como Fischer describe en su capítulo, “¿Qué es una bala marcada?”, el efecto de la misma dentro del cuerpo de Beltrán hubiese sido devastador. Ése era, justamente, el motivo por el cual se marcaban las balas en la punta.

Pero salvo el corte en la aorta, el interior del cuerpo de Beltrán no mostraba heridas. El proyectil traspasó de derecha a izquierda ambos pulmones sin dejar mayores rastros y el corazón quedó íntegro. Una bala marcada, con su efecto expansivo, no sólo hubiera destrozado indefectiblemente los órganos internos sino que también hubiera producido un orificio de salida desparejo y mayor al de entrada. En cambio, el mismo fue parejo y menor.

De esta manera, la hipótesis del asesinato que esgrime el libro cae por completo. Primero, porque no hay apoyo alguno en las fuentes; segundo, porque si se hubiera tratado de una bala marcada el resultado no hubiera sido una herida “llamativa” en la aorta sino un destrozo devastador en muchos órganos internos; tercero, porque un proyectil de ese tipo no produce un orificio de salida parejo y menor al de entrada, como el que tenía el cuerpo de Beltrán.

Entonces, si el famoso documento judicial, supuestamente irrefutable, sobre el cual el autor apoya todo su libro no avala la hipótesis del asesinato, ¿de dónde sacó Fischer tal teoría? La respuesta a esta pregunta la tenemos servida en el capítulo “Washington cayó en una trampa” (p. 177 a 179). Allí se transcribe una carta que la suegra de la víctima le mandó a un hijo, a nueve días de la muerte de Beltrán.

La Sra. de Mullin sostiene que su yerno había sido víctima de “la trampa que hacía meses le había sido preparada por los ases que le dieron muerte; pues el revólver era de Brum y la mano homicida fue la del Gran Capitán que hace años acogota al país”.

Es lógico que la misiva estuviese dominada por el profundo dolor de la mujer, cuyo odio por “la Gran Bestia”, como llama a Batlle, quien en Beltrán pudo desahogar “sus anhelos sanguinarios”, parece no tener límites.

Según la autora de la carta, el motivo principal de Batlle para eliminar a Beltrán había sido “la prédica que Washington hizo en la Cámara a favor de la Iglesia Católica”. Por eso, Beltrán era un mártir “muerto por la causa de la verdadera Libertad”, ésa que defendió frente al avance de la “para siempre desgraciada secta laicista”.

“El artículo de Washington”, resume la mujer, “no fue sino un pretexto. No quisieron darle carácter de crimen y en realidad no fue sino la ejecución del asesinato programado” (p. 178).

Una hagiografía.

Resumamos. Qué tupé tiene ingredientes de novela e ingredientes de investigación histórica. Pero si como novela es insuficiente, como investigación histórica es deficiente. Sin embargo, el libro es eficiente como hagiografía, que es el género literario que trata la vida de los santos. Según Fischer, tanto Washington Beltrán como su esposa Elena eran dos santos en el mejor sentido que le da la Real Academia a este concepto: “Persona de especial virtud y ejemplo” y “perfecto y libre de toda culpa”.

Nada malo hay en eso pues, como hagiografía, Qué tupé cumple un cometido y es el de satisfacer la necesidad de aquellos lectores que se interesan por las buenas obras de las buenas personas en su larga y sufrida lucha contra el mal, especialmente cuando ese mal está encaramado en el poder. Éste es, justamente, el proceso básico de creación del mártir, quien -y nos remitimos nuevamente a la Real Academia- es aquella “persona que padece muerte por amor de Jesucristo y en defensa de la religión cristiana”.

Todo esto encaja perfectamente con los Beltrán: Washington defendió los intereses de la Iglesia ante los embates del “furibundo anticatólico” Batlle (p. 38) y pagó con su vida esa enemistad, mientras que a partir de la muerte de su esposo, Elena dedicó el resto de su existencia al servicio de Dios. Como escribe Fischer: “(Elena) abandonó por completo la vida social. Cuando no estaba asistiendo a un enfermo, se encontraba en la iglesia ayudando en mil quehaceres o dando una mano en las obras de los padres redentoristas” (p. 217).

Cuando murió, a los 58 años, se descubrió que portaba un cilicio como faja, para flagelarse: “Había cumplido hasta el último instante de su vida lo ordenado por el sacerdote de la parroquia del Perpetuo Socorro: sufrir el dolor físico todos los días y ofrecérselo a la Virgen por el descanso eterno de su marido” (p. 231). Elena Mullin se había vuelto “Elena de Jesús” (p. 232).

Diego Fischer no oculta sus simpatías por el Partido Nacional. En una democracia, tiene todo el derecho de pertenecer o pronunciarse a favor o en contra de una determinada fuerza política. Es comprensible y aceptable que esa simpatía partidaria lo haya llevado a identificarse con el trágico des tino de Washington Beltrán. Lo que no es comprensible ni aceptable es que ese intento por glorificar a una persona con la cual siente empatía implique convertir a su contrincante en un personaje perverso y despreciable; un ser movido por intereses mezquinos, manipulador de la opinión pública y, de yapa, asesino.

El planteo de Fischer es especialmente equivocado si se tiene en cuenta que José Batlle y Ordóñez no sólo es una de las mayores figuras políticas de la historia nacional y el principal responsable de un proceso reformista que transformó a un país atrasado y hundido en el caos en el primer Estado de Bienestar Social moderno de la historia sino que, además, fue uno de los contados líderes políticos uruguayos con visión de futuro, con proyección internacional y con un bagaje ideológico consistente.

El duelo entre Batlle y Beltrán representa uno de los momentos más crudos en la historia del Uruguay a comienzos del siglo XX. Si Fischer hubiese sido más cuidadoso en el manejo de sus fuentes, más sobrio en sus juicios y menos fantasioso en su planteo, la obra hubiese contribuido a enriquecer una importante página de la historia uruguaya. Pero la combinación de maniqueísmo e inconsistencia que eligió como método de trabajo nunca ha dado buenos resultados. Qué tupé es otra prueba de ello.”

Maneco

Posted by Nicolás Ortiz On agosto - 2 - 2010ADD COMMENTS

En octubre vamos a homenajear a Maneco.

¿Por qué? Bueno… aquellos que vieron su discurso por televisión en el año 1971, o los que leyeron y vivieron Jaque, o lo escucharon hablar de amnistía en la Convención Nacional del Partido Colorado, de seguro no necesiten razones.

A continuación transcribo alguna que otra razón. Se trata de un extracto de una contratapa de Jaque, del 23 de noviembre de 1984 (“Las brujas salen a cazar – Votar qué, por qué, para qué“), apenas unos días antes de las elecciones que devolvieron la democracia al Uruguay.

Democracia ¿qué es?

Alguna vez Carlitos Real de Azúa me definió, como anatematizándome, de colorado apoplegético. Cuido las palabras con que me refiero a su figura porque después de décadas de separación, tiempo antes de su muerte, nos reencontramos, ya que no en la identidad de convicciones (él era herrerista apoplegético) si en el mutuo reconocimiento intelectual civilizado. A Einar Barford debo la tranquilidad de ese reencuentro.

Proclamo, más allá de apoplegías prescindibles, que soy, sí, colorado batllista definitivo. Batllista de Batlle, de Luis Batlle, de Brum y de Domingo Arena, que obviamente no hubieran podido florecer ni florecieron bajo las banderas de Oribe y Saravia.

He contado aquel día en que aprendí la libertad, hace más de medio siglo y para siempre. Tendría que contar ahora, y no hay sitio, los días de algunos años después, cuando la mesa de mi casa y la pasión de mi padre se estremecían de partidarismo por la República socialista española de la Guerra Civil. Cuando se perdió aquella guerra, los derrotados recorrieron el mundo. Uno de ellos, José Bergamín, fue mi maestro. Antes, sin embargo, recuerdo un acto multitudinario que lleno el Estadio Centenario, al que fui junto con Carlos Maggi. Hablaba de uno de los más altos y nobles espíritus políticos de la grande y trágica vencida II República Española, el socialista Indalecio Prieto. Jamás olvidaré su cuerpo voluminoso alzándose en la tribuna, ni sus primeras palabras conmovidas, con los brazos abiertos a la noche montevideana: “¡Qué bien se habla a la sombra de Don José Batlle y Ordóñez!”

Para Prieto, como para mí, como para la verdad definitiva de la historia, aquel Batlle a cuya sombra tan bien se hablaba era, naturalmente, el alma socialista de la justicia entre los hombres, de la lucha para liberación y amparo de los desposeídos y para el establecimiento, sin mengua del fanático respeto a las libertades del hombre, de un régimen donde la explotación diera lugar a la solidaridad. Conquistada en el respeto y en la paz, a través de la persuasión y de la ley.

Un matutino de ayer, jueves 22 de noviembre, recoge entre textuales comillas, afirmaciones pronunciadas por el General Seregni en el curso de un programa político de Carve y le hace decir que, en su concepto, “el régimen cubano es una democracia”. El concepto es que el actual gobierno de Cuba está sustentado por el pueblo y allí reina, por consiguiente, una sociedad democrática que se acepta a sí misma.

No escuché esa audición y no puedo dar fe de si Seregni estrictamente dijo o no dijo lo que se le atribuye. Lo recojo, sin embargo, con la debida salvedad, primero porque no es en modo alguno una afirmación que degrade a aquel que la formula y, en segundo lugar, porque desde el nivel de respeto que corresponde, resume una tesitura desdichadamente extendida que deseo, deliberadamente, refutar.

Es exacto que puede haber tantas democracias como pueblos; y que a cada uno cuadra darse la forma de gobierno que desee. Y que Cuba no tiene por qué ceñir su vida a los ideales y a los modos que Uruguay ha entrelazado en la esencia de su nacionalidad. Pero también es cierto que hay caracteres definitivos sin los cuales ningún régimen puede considerarse democrático. El apoyo popular mayoritario (por otra parte sólo posible de comprobar a través de elecciones) no otorga condición de democrático a un régimen. La democracia no es meramente el régimen de gobierno de los más. Es, fundamentalmente, el régimen que asegura las garantías y los derechos de los menos. En nuestro país, por ejemplo, los del Partido del General Seregni, que siendo notoria minoría, no puede ni debe ser desconocido en sus derechos ni en el de todos sus integrantes, como la dictadura lo ha hecho. Y como no lo hará, por cierto, la democracia que amanece sobre la tierra del Uruguay.

Jamás he hecho anticomunismo. Meramente, no he sido nunca comunista. Siempre me he opuesto a la caza de brujas. Siento ahora que viene el tiempo en que, para glosar la feliz afirmación reciente de un obispo de Brasil, tendremos que oponernos también a que las brujas salgan a cazar. (Están cazando).

No hemos vivido once años de imposición en vano. Desde el lunes, hay que entender que en este país se han terminado las imposiciones, la caza y los terrorismos de todos los signos.

Batlle

Por esto, por todo esto, por lo que en todo esto va enredado y no terminado de expresar, pero se entiende, siempre he votado a Batlle. Esto es: a la lista donde me parecía estar entero Batlle, y más encendido el fuego que alumbra su irrenunciable, ineludible camino que vendrá.

Este domingo, cuando el deber y la libertad me convoquen, votaré por la lista 89. Es decir: votaré por Batlle de 1904, de 1912, de 1929, de 1946, de 1954, de 1984 y de 1990.

¡Viva Batlle!

Proponiendo II

Posted by Nicolás Ortiz On julio - 2 - 2010ADD COMMENTS

En el día de ayer realizamos un pedido de informe al Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, complementando una exposición escrita que cursaráramos el pasado 16 de junio en la Cámara de Representantes, la cual transcribimos:

[…] Queremos transmitir en esta ocasión nuestra preocupación por la temática del empleo en general, y en particular lo relacionado al Instituto Nacional de Empleo y Formación Profesional (INEFOP) creado por la ley 18.406.

Esta persona jurídica se crea con el objetivo de actuar en el ámbito del empleo y la formación profesional, debiendo postular una visión sistémica del fenómeno del empleo y del trabajo, relevando especialmente los intereses de los sectores de la población con mayor vulnerabilidad frente a la desocupación.

Hoy lamentablemente no contamos, luego de casi dos años de vigencia de la ley, con lo previsto en el artículo 2º inciso G) referente a la promoción de la creación y participación en el diseño de un sistema de certificación de conocimientos y de acreditación de competencias laborales.

Me permito poner un ejemplo a este respecto. Imaginemos una persona, mayor de cuarenta años, que trabaja desde los catorce años de soldador y no ha tenido la oportunidad de tomar un curso al respecto puesto que ha tenido que dedicarse exclusivamente a su trabajo. Nadie puede negar sin embargo que sus veintiséis años de experiencia en este campo lo convierten en idóneo hoy para cumplir con esa tarea a cabalidad en cualquier empresa. Y esto es de sentido común, que claro no basta para la empresa que necesita el soldador. Y es justamente el Estado, la INEFOP, que debe contar con un sistema que permita a esta persona acceder al mercado laboral.

Exhortamos a INEFOP a poner en marcha el tan importante sistema de certificación de conocimientos y acreditación de competencias laborales a fin de generar el marco para la inserción al mercado laboral de una población claramente discriminada.

Por otro lado, el propio director del INEFOP, Juan Manuel Rodríguez, comentó en una entrevista (programa “En Perspectiva”, Radio El Espectador, 21 de mayo de 2010): “[…] cuando en el gabinete productivo que empezó en el 2008 y concluyó la primera etapa en los primeros meses de este año vimos cuáles eran los cuellos de botella que habían en las cadenas encontramos que probablemente la más relevante sea esa: la ausencia de personal calificado para asumir nuevas inversiones. Esto no es una casuística específica de tal sector sino que parece ser una cosa generalizada en la economía uruguaya […]”. En otra parte de la entrevista dijo: “[…] El Fondo de Reconversión Laboral no cambió los porcentajes, como se redujo el nivel de actividad de los años pasados se acumuló un fondo importante por eso es que hoy no tenemos restricciones financieras. Sin embargo, a esto se agregó, que esto sí es nuevo, es que si se cumple el compromiso de gestión Rentas Generales se compromete a aportar un porcentaje del aporte del sector privado con lo cual esto sumaría nuevas posibilidades a tener un fondo mayor […].

Visto todo esto, nos pareció oportuno realizar algunas preguntas en el pedido de informe, considerando en particular que al Fondo de Reconversión Laboral aportan todos los trabajadores y los profesionales: ¿cuáles son las razones para la demora en la implementación del sistema de certificación de conocimientos y de acreditación de competencias laborales?; ¿cuándo se pretende que esté operativo plenamente el referido sistema?; ¿cuánto dinero se piensa invertir en el sistema?; ¿el dinero se extraerá del Fondo de Reconversión Laboral?, en caso negativo, ¿por qué no y de dónde se procurarán los recursos financieros para la implementación del sistema?, en caso afirmativo, ¿por qué no se están utilizando ya con este fin?; ¿en qué se está utilizando hoy el dinero que administra INEFOP? ¿Qué monto se maneja en cada rubro?; ¿cuál será el destino del dinero aún no invertido? ¿Cuál es el monto de dinero no invertido?

Ahora a esperar respuesta…

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