Nicolás Ortiz

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¿Gestión + cambio + alegría?

Posted by Nicolás Ortiz On septiembre - 29 - 2011

Transcribo a continuación una carta publicada hoy en el semanario Búsqueda, enviada por el candidato a Intendente Ney Castillo. Para reflexionar…

 

“Sr. Director:

Los argumentos esbozados en defensa de su gestión por la Sra. Intendente de Montevideo, la Prof. Ana Olivera, ante la mesa política del Frente Amplio, según reproduce la prensa, resultan, a todas luces, inadmisibles.

Ante la incontrastable realidad de que la ciudad es una mugre, la Sra. Intendente nos dice a los montevideanos que se trata de un problema cultural y de comunicación, fundamentalmente con algunos medios que operan para la “derecha”. Naturalmente, además, dice tener un plan.

¡Algo más de 22 años de gobierno municipal de una fuerza política que accedió al poder de Montevideo con la promesa de erradicar los basurales; promesa que Ana reiteró en su campaña y nos dice olímpicamente, ahora, a 22 años de ejercer el poder en Montevideo, reitero, que la basura se trata de un problema cultural, de comunicación y que tiene un plan!

Sí, sí, a 22 años de gobernar Montevideo, tienen un plan para limpiarla…

Con una recaudación de más de 500 millones de dólares por año y con un gasto sensiblemente mayor -siguen impunemente incrementando el déficit de los montevideanos- la gestión municipal es mala, muy mala.

El alumbrado público, la limpieza, el transporte público, el tránsito, el estado de las calles, las obras de infraestructura, el ordenamiento territorial, el despilfarro en clientelismo… por donde se mire no hay gestión.

Mientras tanto, en lugar de hacer lo que hay que hacer para devolver en obras y servicios la altísima carga tributaria que soportan los vecinos, la preocupación es encontrar un enemigo a quien culpar de todos los males. Nunca buscar las carencias propias y con humildad reconocer ante los contribuyentes que se les cobra mucho y se les da muy poco. Nunca. ¿Para qué? Si es mucho más fácil culpar a la derecha, a los medios de comunicación, a los problemas culturales de los vecinos y prometer que se tiene un plan.

Modestamente, me permito disentir con la Señora Intendente.

Si la ciudad es una mugre, hay que limpiarla; si el transporte público es deficitario, hay que acelerar el proyecto del BID de movilidad urbana que avanza a paso de tortuga; si el tránsito es caótico, hay que ordenarlo; si el alumbrado público es insuficiente, hay que poner más picos de luz; si las calles están destruidas, hay que arreglarlas. Más de 500 millones de dólares al año son más que suficientes.

Es bien claro que se trata de prioridades. Si la Intendencia tiene más funcionarios en Cultura que en Limpieza, hay una demostración clara de por dónde van esas prioridades; si los inspectores de tránsito son agentes de recaudación en lugar de educadores o si, por poner otro ejemplo, se destinan millones y millones de dólares al clientelismo, esos millones y millones faltan para hacer lo que se debe hacer. Se trata de prioridades.

La culpa no es de los vecinos, ni de los medios, ni de la derecha, ni de ningún otro enemigo externo. La falta de solución a los problemas de limpieza, transporte público, tránsito, alumbrado público, el estado de las calles, la falta de obras de infraestructura y el clientelismo galopante se deben a la mala gestión del gobierno municipal de Montevideo.

Atentamente, Dr. Luis Alberto Castillo

Ex candidato a Intendente de Montevideo

Partido Colorado”

Lástima… no pudieron

Posted by Nicolás Ortiz On agosto - 22 - 2010

No soy crítico literario ni historiador. Apenas podría emitir alguna opinión sobre alguna que otra prosa o poesía que he leído o dar un enfoque parcial de los hechos históricos que conozco. En tanto opiniones y enfoques parciales, obvio que subjetivos.

Además, por mi condición de colorado y batllista, la subjetividad en un tema como el del libro “Qué tupé” de Diego Fischer, hubiese sido la nota permanente de cualquier tecla que se me hubiese ocurrido presionar para escribir unos cuantos caracteres sobre el asunto.

Así que entre limitaciones y subjetividad tan sólo esperé.

Debo decir que la espera valió la pena. Comparto así un artículo de Marcos Cantera Carlomagno, Doctor en Historia, publicado en Búsqueda el 19 de agosto pasado.

Pero antes me voy a permitir una pequeñísima subjetividad: es una lástima, pero de nuevo no pudieron.

“Gordo, feo, inmoral, autoritario, resentido, libertino, anticlerical, soberbio y asesino. ‘Qué tupé. Batlle-Beltrán. ¿Duelo o asesinato?’, del periodista Diego Fischer, plantea la hipótesis de que Washington Beltrán fue asesinado por José Batlle y Ordóñez durante el duelo de 1920

Nos engañaron. La historia que nos dijeron es mentira. Pero ahora yo les cuento la verdadera.

Pretender saber la verdad sobre un episodio del pasado es una quimera. La historia no es una ciencia exacta ni existe un método que nos haga llegar a la infalible verdad ni hay fuentes capaces de hablar por su propio peso. La historia es interpretación subjetiva de una larga serie de elementos. Por más veleidad de objetivismo que tenga el historiador, es suficiente con elegir un tema para sumergirse en un baño de subjetividad.

Igual de sonámbulo anda quien condena a una sociedad pasada por ser víctima del libertinaje, del moralismo o de la hipocresía, pues no ha entendido que forma parte indisoluble de su presente y de su escala de valores; que no puede escapar ni a uno ni a otra y que, por ende, todo juicio que emita sobre ese pasado estará indefectiblemente condicionado por los valores del tiempo y la cultura a las cuales pertenece.

De ahí que la historia, toda la historia, sea historia contemporánea. De ahí que no haya una historia definitiva. De ahí que cada generación escriba sus propias historias a través de sus propios lentes. La reseña de un libro del periodista Diego Fischer (Qué tupé, Batlle-Beltrán ¿Duelo o asesinato?) debe comenzar por recordar previamente esos dos postulados centrales.

Qué tupé está centrado en el duelo que el 2 de abril de 1920 enfrentó a José Batlle y Ordóñez y Washington Beltrán y en el cual este último murió. El planteo de Fischer (entrevista en “El País” del 8/8/10) es contundente: “La historia que se contó hasta ahora no era la verdad”; “Hay otra historia -con documentos que la comprueban- que estuvo sepultada por muchas razones. Obviamente, la mayor es política: intereses muy mezquinos”.

En una hipótesis escalofriante, Fischer sostiene haber descubierto que el verdadero motivo de Batlle para retar a duelo a Beltrán no fue limpiar su honor sino asesinar a un rival político en franco ascenso y eliminar, con un balazo, la amenaza que Beltrán representaba para sus “mezquinos” intereses personales y partidarios.

La prueba fehaciente de esta teoría es un documento cuya objetividad el autor pone fuera de duda pues se trata de un acta judicial: “¿Quién puede refutar un expediente judicial?”, se pregunta (“El País”, 8/8/10).

El honor en juego.

El eje del libro es un duelo de honor. Recordemos entonces que los hombres siempre han usado la fuerza bruta para dirimir sus problemas. Una pelea entre dos personas podía solucionar pequeños y grandes conflictos: hace más de 3.000 años, David enfrentó en duelo a Goliat y liberó a su pueblo del peligro filisteo. Pero el duelo consensuado entre dos personas de los estratos superiores de la sociedad, quienes siguiendo una serie de códigos formales o informales resuelven una cuestión de honor, es un fenómeno con raíces en la Edad Media europea.

La razón de ser de este tipo de duelos es lavar un agravio al honor personal.

Y como repitió Calderón en sus obras, las manchas al honor tenían necesariamente que ser lavadas con sangre. Es decir, con la sangre de quien las había causado.

Participar en un duelo implicaba un acto de heroísmo, pues se ponía en riesgo la vida en aras de ese honor.

Y si bien las armas usadas podían ser relativamente inofensivas (espadas sin punta ni filo), el desafiante podía elegir usar pistolas. En ese caso, la probabilidad de que uno de los dos involucrados muriera era alta.

Con el tiempo, la práctica del duelo se hizo ilegal en la mayoría de los países, pero tratándose de “caballeros”, las autoridades hacían la vista gorda. Si el escándalo generado era muy grande se tomaban algunas medidas formales -se arrestaba a los implicados o se iniciaban procedimientos policiales-, cuyo único objetivo real era complacer a una opinión pública momentáneamente exaltada. Pronto las aguas volvían a su cauce cotidiano y los arrestados a su casa.

Uruguay no era una excepción. El Código Penal de 1889 tipificaba el duelo como delito y establecía una serie de penas según la participación de cada uno en el mismo (penas que nunca llegaron a aplicarse, a pesar del centenar largo de combates famosos que tuvieron lugar en esos años).

Pero el desenlace del duelo entre Batlle y Beltrán llevó a un cambio en la legislación, promulgándose cuatro meses más tarde la Ley 7.253 (“ley de duelos”), cuyo fin era reglamentar la práctica de esos enfrentamientos. La misma fue derogada por la Ley 16.274, de julio de 1992. El último duelo de la historia uruguaya fue protagonizado por los generales Seregni y Ribas en 1971.

En 1918, Washington Beltrán, Leonel Aguirre y Eduardo Rodríguez Larreta fundaron “El País”. A partir de ese momento la guerra verbal entre “El Día” y “El País” fue en constante ascenso. Un artículo de Aguirre (“Batlle-Brum”), que Batlle consideró ofensivo para su honor, derivó en el duelo Batlle-Aguirre, en enero de 1920. Fue en Pando y a sable, terminando Batlle herido en un brazo.

Menos de tres meses después, el 1º de abril, “El País” publicó un artículo editorial (“¡Qué toupet!”) en el que Batlle no sólo era llamado “el campeón del fraude” sino que también era acusado de mentiroso, de ladrón y de manipulador de la política nacional.

Ofendido, Batlle, que tenía 64 años, envió sus padrinos y Beltrán, de 35, aceptó el reto. Sería a pistola y dos disparos cada uno. Al otro día, los duelistas y sus padrinos se encontraron en el Parque Central. Bajo una lluvia por momentos intensa, Batlle y Beltrán hicieron sus disparos. Al segundo balazo, Beltrán cayó al suelo. El proyectil le había penetrado por la axila derecha, cortándole la aorta antes de salir por la espalda. Murió en el acto.

Tratos y (mal) tratos.

El libro de Fischer es un cuadro de paleta pobre, pues consta de sólo dos colores: blanco y negro. La primera docena de capítulos, por ejemplo, son estrictamente alternados: uno trata a Beltrán y el otro (mal) trata a Batlle.

Fischer pinta a Beltrán como un joven idealista, honesto hasta la médula, trabajador incansable, brillante en lo intelectual, hermoso físicamente, más bueno que el pan y lleno de inmejorables ambiciones. Batlle es su antítesis. Beltrán es creyente, Batlle es descreído. A Beltrán le sonríe la vida, a Batlle lo atormenta la muerte.

En la descripción de una fotografía de Beltrán, Fischer dice que la imagen muestra “una mirada penetrante. La ceja derecha levemente levantada en un rostro armónico (…) y un mentón ligeramente anguloso retratan a un hombre de aspecto muy varonil” (p. 39).

Batlle, por el contrario, tenía “un aspecto rudo” y una “figura poco agraciada”. Todo su ser era un insulto a la armonía, pues medía 1,92 y pesaba 140 quilos. Y como si fuese poco, sufría una enfermedad que lo había transformado en un monstruo, en algo grotesco que más recordaba a una pera que a un humano: chico en la mitad de arriba y grande en la de abajo (p. 49).

El burdo maniqueísmo en el trato a los dos actores centrales del drama se extiende a las otras personas. Beltrán y su esposa Elena eran fervientemente católicos. Lo primero que hicieron en el hogar común fue construir una ermita con la imagen de la Virgen del Perpetuo Socorro. Elena “iba diariamente a misa” (p. 56) y rezaba el rosario en casa todas las tardecitas (p. 173, 205 y 217).

Esta profunda devoción cristiana de Beltrán era la contracara del espíritu “jacobino” de Batlle, incansable perseguidor de la Iglesia. Sus medidas para laicizar a la sociedad uruguaya ocupan ocho páginas del libro. Pero en vez de intentar descubrir si a Batlle lo movía una postura filosófica, un principio ético o una posición ideológica, Fischer insiste en que las raíces del “anticlericalismo combatiente” de Batlle no debían buscarse “en el positivismo imperante en los ámbitos académicos y políticos europeos” sino “en dolorosas experiencias personales” (p. 32). Ya lo anuncia el nombre de ese capítulo: “Y a la pasión y al rencor se los vistió de doctrina”.

Moraleja: la secularización de la sociedad uruguaya es una consecuencia del resentimiento de Batlle.

Familias antagónicas.

De la misma manera, los Beltrán y los Batlle representan para Fischer dos modelos familiares antagónicos. Los primeros fueron novios, se casaron con todos los papeles en regla, anunciaron el acontecimiento en las crónicas sociales y partieron de viaje de bodas a Europa. Los Batlle, por su parte, eran una tribu de Piedras Blancas en donde parientes mayores en varios grados, hijos legales, hijos ilegales, hijastros y sobrinos asociados convivían bajo el férreo mando de su cacique.

Como si eso fuera poco, Batlle estaba amancebado con la esposa de su primo, el cual era borracho, jugador y golpeador empedernido (p. 47). Con ella tuvo varios hijos naturales que no fueron inscritos en las fechas en que nacieron. En sus actas oficiales hay datos incorrectos. “Todo ello”, concluye Fischer, “indica la precariedad legal en que vivían Batlle y Matilde” (p. 52).

A lo largo de una página y media, el autor inventa un diálogo entre César, hijo de Batlle, y su padre. El niño llora por el aislamiento que sufre por parte de sus compañeros de escuela, que le gritan “bastardo” y no lo invitan a sus cumpleaños.

La sociedad hiende Montevideo los trataba como a parias. Pero mientras Matilde “se había acostumbrado a los desplantes que las mujeres de su propio círculo solían hacerle por vivir en concubinato con Batlle”, su marido “descargaba su ira contra la Iglesia y los católicos en las páginas de ‘El Día’ y hacía del anticlericalismo una de sus principales banderas políticas”.

No en vano ese capítulo se llama “El precio de la transgresión”.

De esta forma grosera, Fischer reduce el accionar de Batlle en un plano fundamental para la formación del Uruguay moderno al simple resentimiento de un hombre frente a una sociedad que lo condenaba por vivir “en el pecado” y que le reprochaba “el asumir conductas propias de la clase baja y de gente ignorante” (p. 52 a 54).

El Colegiado.

No menos infeliz es Fischer cuando define otra de las grandes empresas de Batlle: la reforma colegiada. “Batlle había madurado la idea luego de visitar Suiza, pero ¿qué encerraba su propuesta? ¿Un afán de profundizar la democracia? ¿O había encontrado la fórmula institucional para dividir y seguir reinando?” (p. 61).

Una vez más, la política de Batlle en un aspecto crucial como lo era la construcción de un mecanismo de descentralización del Poder Ejecutivo se convierte para Fischer en motivo de las peores sospechas. Cuando Batlle había ejercido la Presidencia unipersonal, había “abusado” del poder. Cuando la pretendía colectivizar, su fin era “dividir y seguir reinando”. Es decir: hiciera lo que hiciera, siempre estaba mal; su actividad política estaba condenada de antemano debido a esos “intereses muy mezquinos” que lo guiaban. Evidentemente, un gordo feo no podía tener buenas intenciones…

En su intento de demolición de Batlle, Fischer acude a mecanismos de asombrosa simpleza. Le dedica, por ejemplo, todo un capítulo a la repatriación de los restos de José Enrique Rodó, quien había muerto en Italia en 1917. ¿Tiene algo que ver esta persona y este hecho con el duelo Batlle-Beltrán? No. Entonces, ¿por qué se incluye en el libro? Se incluye en el libro porque Rodó se había peleado con Batlle debido a su política religiosa. Como indica aquel refrán español (“Todo sirve para el convento, decía Juan, y llevaba una monja a cuestas”), todo aquello que pueda servir para desprestigiar a Batlle es útil a los fines del libro, tenga o no tenga que ver con el tema del mismo. ¡Qué tupé!

Blanco y negro.

El blanquinegro del autor no es individual sino colectivo: todos los colaboradores de Beltrán eran excelentes, destacados y prestigiosos; todos los que estaban en contra de Batlle (incluso colorados Gomo Rodó) eran honestos; todos los miembros del círculo de Batlle eran indignos; todos los que rodeaban a Beltrán pretendían únicamente el bien de la Patria; todos los que rodeaban a Batlle perseguían intereses mezquinos.

Un caso estelar es el de Baltasar Brum, a quien Fischer dedica un capítulo llamado “El terrible Baltasar”. Brum era, según Fischer, masón y mujeriego. Batlle lo adoptó políticamente pues “su juventud, su fama de donjuán y sus lazos con la masonería le auguraban una gran carrera política que los hechos confirmaron”. De yapa, Brum era mentiroso como su jefe (p. 85 a 88).

Fischer sostiene (“El País”, 8/8/10) que la parte de ficción en su libro apunta a “hacer fluir la realidad”. La idea ilusiona por lo simpática, pero el resultado asusta por lo malo, pues con ayuda de la ficción el autor altera diametralmente lo que dicen las fuentes. Veamos dos ejemplos de los muchos que hay.

En un diálogo inventado, Beltrán le dice a su mujer que está feliz porque “el Partido Nacional logró el mayor número de representantes en la Asamblea Constituyente”. Pero a la página siguiente, el lector descubre que esas elecciones las ganó el Partido Colorado, que obtuvo 109 escaños contra los 105 del Partido Nacional (p. 69 y 70).

El 27 de diciembre de 1919, Beltrán le escribió al presidente Brum para avisarle que estaba recibiendo amenazas de muerte. Entre otras cosas, “una persona” le había advertido “de un presunto plan” para matarlo. Eso, solamente eso y nada más que eso es lo que dice la fuente escrita.

Sin embargo, a partir de ahí, Fischer inventa un largo diálogo entre Beltrán y un soldado anónimo que le avisa que lo quieren matar. El soldado le asegura haber estado apostado en la quinta de Batlle y allí haber oído que en el escritorio del líder colorado se decía que era necesario “sacarse de encima” a Beltrán y a otros líderes opositores (p. 103 a 107).

Es de esta manera -multiplicando vaguedades, creando estados de ánimo, produciendo diálogos fantasmagóricos, generando impresiones y sumando supuestos sin fundamento- que el autor sostiene que va a cambiar la historia, endosándole a Batlle el asesinato de Beltrán.

¿Y las pruebas? Ahora bien, ¿cuál es la prueba de que la historia oficial sobre la muerte de Beltrán no es la verdadera? La base sobre la cual se apoya todo el andamiaje de Fischer es el famoso expediente judicial. La fuente que nadie puede refutar. Analicemos pues el corazón mismo de esta fuente: la autopsia que los forenses Moreau y May le hicieron al cadáver de Beltrán y el parte médico que emitieron el 6 de abril de 1920.

El acta firmada por Moreau y May establece dos cuestiones fundamentales. Una aclara que el orificio de entrada de la bala era “de dos centímetros de largo por uno de ancho”, mientras que el de salida era “de un centímetro de diámetro”. La otra establece que “en cuanto a la naturaleza del proyectil, no es posible determinarlo, aunque llama la atención la herida irregular de la aorta” (p. 168).

Este año, el conocido forense Guido Berro Rovira elaboró un comentario sobre el informe de esa autopsia. En él podemos leer, a propósito del corte en la aorta: “Es cierto, llama la atención, sin perder de vista que la elasticidad y consistencia de la pared de la aorta puede deformar el orificio… (pero) resulta muy llamativa su forma estrellada y no puede descartarse que el proyectil tuviera alguna particularidad, como ser marcado…” (p. 261, cursivas en el original).

En buen romance: lo único que sabemos a través del parte forense es que la herida de la aorta era llamativa por lo irregular. A 90 años de distancia, Berro Rovira especula sobre la causa de esa irregularidad e incluye entre los posibles motivos la idea de un proyectil marcado. Pero como no hay pruebas de ello, agrega inmediatamente “no podemos avanzar más” (p. 169 y 261).

Sin embargo, y con el método de usar la ficción para decir cosas sin apoyo en las fuentes, Fischer inventa el siguiente diálogo entre los dos forenses:

“-Curiosa la herida, ¿no? -comentó Moreau-. Secciona casi la mitad posterior de la arteria.

-Sí, realmente. Es como una estrella de siete puntas, propia de las balas marcadas -dijo May…” (p. 167, puntos suspensivos en el original).

De esa manera, sin elementos de juicio en su haber y practicando el arte de convertir una pluma en gallina, el autor de Qué tupé pone en boca de uno de los forenses algo que éste no dijo ni dejó escrito.

La metamorfosis que resulta de esto es alucinante: la herida llamativa de la aorta (según el parte forense) se convierte, en el diálogo de Fischer, en “una estrella de siete puntas, propia de las balas marcadas”. La conclusión cae por su propio peso: “Si la bala que mató a Beltrán estaba efectivamente marcada, corresponde preguntarse quién ordenó hacerlo” (p. 171).

Señores, así de fácil se fabrica un asesinato. Ahora sólo falta encontrar un asesino.

Una hipótesis endeble.

Sin embargo, es necesario comentar otros dos elementos que desmienten la hipótesis de Fischer. El primero es que las pistolas fueron cargadas por el armero (José Cazot) y que tanto las mismas como las balas fueron previamente inspeccionadas por los cuatro padrinos. El segundo, de mayor contundencia aún, es el dato que anotan los forenses: el orificio de entrada de la bala es mayor que el de salida. Si la bala hubiese estado marcada al estilo dum-dum, como Fischer describe en su capítulo, “¿Qué es una bala marcada?”, el efecto de la misma dentro del cuerpo de Beltrán hubiese sido devastador. Ése era, justamente, el motivo por el cual se marcaban las balas en la punta.

Pero salvo el corte en la aorta, el interior del cuerpo de Beltrán no mostraba heridas. El proyectil traspasó de derecha a izquierda ambos pulmones sin dejar mayores rastros y el corazón quedó íntegro. Una bala marcada, con su efecto expansivo, no sólo hubiera destrozado indefectiblemente los órganos internos sino que también hubiera producido un orificio de salida desparejo y mayor al de entrada. En cambio, el mismo fue parejo y menor.

De esta manera, la hipótesis del asesinato que esgrime el libro cae por completo. Primero, porque no hay apoyo alguno en las fuentes; segundo, porque si se hubiera tratado de una bala marcada el resultado no hubiera sido una herida “llamativa” en la aorta sino un destrozo devastador en muchos órganos internos; tercero, porque un proyectil de ese tipo no produce un orificio de salida parejo y menor al de entrada, como el que tenía el cuerpo de Beltrán.

Entonces, si el famoso documento judicial, supuestamente irrefutable, sobre el cual el autor apoya todo su libro no avala la hipótesis del asesinato, ¿de dónde sacó Fischer tal teoría? La respuesta a esta pregunta la tenemos servida en el capítulo “Washington cayó en una trampa” (p. 177 a 179). Allí se transcribe una carta que la suegra de la víctima le mandó a un hijo, a nueve días de la muerte de Beltrán.

La Sra. de Mullin sostiene que su yerno había sido víctima de “la trampa que hacía meses le había sido preparada por los ases que le dieron muerte; pues el revólver era de Brum y la mano homicida fue la del Gran Capitán que hace años acogota al país”.

Es lógico que la misiva estuviese dominada por el profundo dolor de la mujer, cuyo odio por “la Gran Bestia”, como llama a Batlle, quien en Beltrán pudo desahogar “sus anhelos sanguinarios”, parece no tener límites.

Según la autora de la carta, el motivo principal de Batlle para eliminar a Beltrán había sido “la prédica que Washington hizo en la Cámara a favor de la Iglesia Católica”. Por eso, Beltrán era un mártir “muerto por la causa de la verdadera Libertad”, ésa que defendió frente al avance de la “para siempre desgraciada secta laicista”.

“El artículo de Washington”, resume la mujer, “no fue sino un pretexto. No quisieron darle carácter de crimen y en realidad no fue sino la ejecución del asesinato programado” (p. 178).

Una hagiografía.

Resumamos. Qué tupé tiene ingredientes de novela e ingredientes de investigación histórica. Pero si como novela es insuficiente, como investigación histórica es deficiente. Sin embargo, el libro es eficiente como hagiografía, que es el género literario que trata la vida de los santos. Según Fischer, tanto Washington Beltrán como su esposa Elena eran dos santos en el mejor sentido que le da la Real Academia a este concepto: “Persona de especial virtud y ejemplo” y “perfecto y libre de toda culpa”.

Nada malo hay en eso pues, como hagiografía, Qué tupé cumple un cometido y es el de satisfacer la necesidad de aquellos lectores que se interesan por las buenas obras de las buenas personas en su larga y sufrida lucha contra el mal, especialmente cuando ese mal está encaramado en el poder. Éste es, justamente, el proceso básico de creación del mártir, quien -y nos remitimos nuevamente a la Real Academia- es aquella “persona que padece muerte por amor de Jesucristo y en defensa de la religión cristiana”.

Todo esto encaja perfectamente con los Beltrán: Washington defendió los intereses de la Iglesia ante los embates del “furibundo anticatólico” Batlle (p. 38) y pagó con su vida esa enemistad, mientras que a partir de la muerte de su esposo, Elena dedicó el resto de su existencia al servicio de Dios. Como escribe Fischer: “(Elena) abandonó por completo la vida social. Cuando no estaba asistiendo a un enfermo, se encontraba en la iglesia ayudando en mil quehaceres o dando una mano en las obras de los padres redentoristas” (p. 217).

Cuando murió, a los 58 años, se descubrió que portaba un cilicio como faja, para flagelarse: “Había cumplido hasta el último instante de su vida lo ordenado por el sacerdote de la parroquia del Perpetuo Socorro: sufrir el dolor físico todos los días y ofrecérselo a la Virgen por el descanso eterno de su marido” (p. 231). Elena Mullin se había vuelto “Elena de Jesús” (p. 232).

Diego Fischer no oculta sus simpatías por el Partido Nacional. En una democracia, tiene todo el derecho de pertenecer o pronunciarse a favor o en contra de una determinada fuerza política. Es comprensible y aceptable que esa simpatía partidaria lo haya llevado a identificarse con el trágico des tino de Washington Beltrán. Lo que no es comprensible ni aceptable es que ese intento por glorificar a una persona con la cual siente empatía implique convertir a su contrincante en un personaje perverso y despreciable; un ser movido por intereses mezquinos, manipulador de la opinión pública y, de yapa, asesino.

El planteo de Fischer es especialmente equivocado si se tiene en cuenta que José Batlle y Ordóñez no sólo es una de las mayores figuras políticas de la historia nacional y el principal responsable de un proceso reformista que transformó a un país atrasado y hundido en el caos en el primer Estado de Bienestar Social moderno de la historia sino que, además, fue uno de los contados líderes políticos uruguayos con visión de futuro, con proyección internacional y con un bagaje ideológico consistente.

El duelo entre Batlle y Beltrán representa uno de los momentos más crudos en la historia del Uruguay a comienzos del siglo XX. Si Fischer hubiese sido más cuidadoso en el manejo de sus fuentes, más sobrio en sus juicios y menos fantasioso en su planteo, la obra hubiese contribuido a enriquecer una importante página de la historia uruguaya. Pero la combinación de maniqueísmo e inconsistencia que eligió como método de trabajo nunca ha dado buenos resultados. Qué tupé es otra prueba de ello.”

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